MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Acordeón y violín


ACORDEÓN Y VIOLÍN

 

En una apartada orilla, con la calma a mi alrededor, el fuego tibio y tenue del atardecer junto al olor a recuerdos, hacen que parezca que no esté allí. Poso la mirada en ningún lugar y una sensación embriagadora recorre mi estómago viajando hacia mi garganta, provocando que por unos instantes mis ojos titubeen. Recuerdos e imágenes que a cada segundo dificultan mi avance normal en esta vida, desencadenando en mí pensamientos divergentes sobre una misma idea. Esa tonta idea.

Mis manos juntas ocultan un recuerdo en forma de vieja estampa y como si separarlas fuese un trabajo titánico, poco a poco lo fui consiguiendo, para poder observar de nuevo aquella maravillosa cara. Por instantes parecía que cobrara vida y nos mirábamos, nos sonreíamos como lo hacíamos antaño…que recuerdos. Deslizo uno de mis dedos por encima de aquel rostro y vuelvo a guardar aquel tesoro, el cual, aunque parezca mentira, a veces me impulsa en el día a día.

Estrecho mis párpados y dejo pasar unos pocos rayos de luz en mi interior a la vez que imagino ese mundo que muchas veces viaja por mi mente, con aquella melodía de fondo, sonrisas extraordinarias, árboles inmensos, ríos transparentes y ese inconfundible olor a azahar…ójala fuese cierto.

La suave brisa me empapa, la calidez del atardecer me abraza y deja fluir mi imaginación, dejando escapar los incontrolables pensamientos que guardo, y me voy con ellos….

            La noche estaba cerrada y mojada. El frío golpeaba la parte de mi cara que no estaba cubierta por mi negra bufanda, a tono con las engalanadas farolas parisinas. Fugaces destellos rebotaban en los pequeños charcos, que le daban ese tono mágico a mi acelerado paso. “Creo que se encuentra en la plaza de Notre Dame…” me dije, a la vez que no dejaba de imaginarme sus labios cerca de mi cara, de sus ojos clavados en mi cuello, de sus manos de muñeca. Su imagen siempre evocaba una sonrisa en mi cara y un nudo en mi estómago.

El reloj me mataba, los segundos eran como puñaladas en mi corazón porque veía que no llegaba a tiempo, y aquel era mi día. Había decidido declararle todo lo que sentía. Los acordeones resonaban a mi paso, haciendo que la imagen de aquella chica cobre dimensiones descomunales en mi corazón. “Ahí estás catedral mía…”, murmuré mientras vislumbraba a lo lejos los ojos negros de aquellos huesudos torreones. La gente me cruzaba como trazos de pintura desdibujada, la música no dejaba de sonar en mis oídos y el olor a Paris me acompañaba, aunque ya no sabía si era el olor de la ciudad o el aroma de aquella chica. Ese típico aroma que te atrapa cuando te cruzas con alguien y al darte la vuelta parece que haya sido un fantasma, y deja ese mágico rastro.

Eso mismo me sucedió hace unas semanas cuando estando en el barrio de los pintores, mientras observaba las delicadas manos de los artistas pintando, recogiendo flores que creía que no existían y disfrutando de sus callejuelas, me cruzó un ángel en forma de belleza humana. Recuerdo perfectamente que cerré los ojos justo cuando ella me cruzó. Aquella muchacha parecía no andar, sino danzar, su sonrisa era perfecta, su pelo negro alborotado y dejado al son de la brisa era como un bailar. Aquel vestido rojo y blanco lo tengo guardado en la mesita de mi corazón. Me giré, no lo pude evitar, y cuando ya parecía confundirse con la gente, me dedicó una tímida sonrisa, no lo olvidaré. Desde entonces, todos los días me la encontraba en aquel maravilloso barrio, y yo, adicto a su imagen, no pude resistirme a volver día a día para poder observarla, incluso a dibujarla. Nuestras miradas eran cada vez más cercanas, y después de mucho discutir con mi vergüenza, decidí decirle algo más.

Recordando una y otra vez los episodios sucedidos desde la primera vez que la ví, mis pasos llamaban a las puertas de aquella plaza, porque sabía que iría al festival juglar que se celebraba en Notre Dame…

El frío no cesaba, pero el calor por encontrarla me hacía insensible a cualquier cosa, sólo quería verla, tocarla y dárselo todo. Acudí convencido de que en la vida hay que jugársela y tenía la convicción de que la suerte estaría de mi lado, cosa que no ha hecho en los últimos años. La imagen de aquel gentío, de la noche, de la música medieval, de los ropajes oscuros, de la luna batiéndose en duelo con las nubes hacían que pareciesen las últimas hojas de una novela dramática, aunque yo estaba  dispuesto a cambiar el rumbo de esa historia.

Iba y venía de allí para acá y no la encontraba, la angustia apretaba pero no ahoga….”quiero verte por favor…” me decía a mí mismo. Me desaté la bufanda como si su presencia fuese un lastre para mi búsqueda, el vaho de mi respiración se hacía más notable…”¿¡dónde estás?!, tenía que ser mi día por favor…hoy no me dejes solo…” me repetía. Sólo pedía una oportunidad por sentirme importante, un intento para mostrar como soy realmente y que ella lo supiese todo.

De repente, cuando la desesperación hacía mella en mí y la desidia me consumía, pude escuchar a lo lejos aquella risa mágica. Era inconfundible y lo suficiente para que mi corazón palpitara al máximo, para que mis ganas vencieran a mis negativos pensamientos. Fui apartando a la gente a mi paso buscándola, intentando recoger más pistas porque sabía que estaba allí, estaba cerca de mí. Los violines y acordeones aumentaban el ritmo como si fueran parte de la historia, que curioso. Mi acelerada búsqueda se detuvo en seco, como una losa que cae justo delante de ti, y todo porque la ví, todo porque pude satisfacer a mis ojos con su presencia. El bello se me erizó, el corazón se me salía por la garganta y no podía reaccionar. Ella no me vió y justo se giró y comenzó a alejarse de aquel lugar. No sé qué me ocurría, pero los nervios me tenían anclado como un viejo velero a la deriva. La rabia de aquella situación hizo que sacara fuerzas de flaqueza y comenzara a moverme. “Espera…espérame…” decía en voz baja, mientras mi bufanda lamía el suelo mojado, a la vez que quitaba a la gente del medio. Era como si me zarandearan sin control, golpeándome con todo el mundo. Por momentos la perdía y por otros la recuperaba, y tenía claro que no podía dejar escapar aquella oportunidad. Poco a poco dejé la populosa plaza y tuve el camino libre. Ella al fondo seguía andando abrigada por aquella toca negra y yo quería llamarla antes de perderla definitivamente. Cuando estaba a punto de gritar su nombre, el miedo invadió mi mente haciéndome creer que yo jamás podría tenerla cerca de mí. “¡¡Amelie!!” grité, pero ella no se volvió. Comencé a correr como en un sueño, porque parecía que nunca me acercaba, parecía que era imposible. “¡¡¡Amelie!!!” repetí varias veces, y justo cuando se precipitaba por unas escaleras se giró hacia mí. En pocos segundos me acerqué a ella a la vez que mis pasos disminuían el ritmo. Sólo podía verle los ojos, porque se tapaba la cara para evitar la gélida noche. Yo solté mi bufanda, me quité los guantes hasta tenerla a pocos centímetros de mí. Su olor traspasaba mi alma, su mirada no quería que se terminase nunca. Ella desnudó su boca y subió aquel escalón. No le dije nada, ni ella a mí tampoco. Acerqué mis manos a las suyas y ella no me negó. Di otro paso más y acaricié su cara,  sus ojos miraron mis labios, labios que se encontraron. Su mecido pelo rozaba mis mejillas, sus temblorosas manos acariciaron mi cara cuando le dije, “te quiero…”.

Mis párpados me dejaron libre y mi mente se reencuentra con el mundo real. Reconozco que alguna lágrima me recorre el semblante en contraste con una pequeña sonrisa. Inspiro profundamente saboreando esa maravillosa historia. Me giro y el sol se despide de mí hasta mañana. Me incorporo recordando la cara de aquella muchacha y me digo, “te encontraré, algún día te encontraré…”, miro al horizonte y junto a la brisa que se levanta, suelto aquel trozo de mi vida a la suerte del viento, mientras observo como parte de mí se marcha con ella. “La vida continúa…” me digo. Cierro los puños y dejo en libertad las últimas lágrimas de nostalgia.

Y ahí, en medio de ningún sitio y con la simple compañía de mi soledad, vuelvo a respirar y a tener claro que mi vida se mantiene muy viva por la ilusión y por el amor. Siempre la llevaré en mi corazón y en mi alma. Formará parte de mi ser por el resto de la eternidad, y como ya le dije el último día que la ví, “¿sabes una cosa cariño?, sólo tengo miedo a una cosa…tengo miedo del día que tenga que morir, por si después no vuelvo a verte…”.

Y como si la entrada de la noche llorase por mí, una pequeña nieblina se levanta a mi paso, como intentando ocultarme y llevarme con ella a cualquier sitio. Mi soledad y yo nos damos la mano, y sin oponer resistencia me lleva a tirones, donde, a día de hoy, continúo recorriendo a su lado.

 

 

David Campos Sacedón