MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Anhelo


Anhelo

 

Mirando al horizonte desde la terraza de aquel apartamento en medio del Trastévere, no sé qué pensar, si dejarme llevar, tirarme al precipicio o luchar contra el camino que se interpone ante mí. Parece que he olvidado dónde estoy…

 

Aquel atardecer veraniego me recuerda a ella. Esos destellos anaranjados del Sol cayendo en el horizonte son como su pelo, el cual, cuando cierro los ojos aún percibo como si estuviera ahí, deslizándose como la seda entre mis dedos. Sonrío cuando pienso las risas cómplices que teníamos rodando en mi cama, en la que su piel y la mía se fundían en un acompasado son. Si apago mi visón la veo frente a mí con esos ojos oscuros, enormes y cristalinos, diciéndome “te quiero…”. Me hago el fuerte e intento que el nudo en el estómago no se traslade a mi garganta y a mis pupilas, pero es difícil de controlar… “¿cómo es posible después de tantos años?”, me solía preguntar.

Una lágrima recorría mi cara, pero elegantemente la borré y me giré para observar a través de los cristales que mi novia me sonreía y yo le contesté con una pequeña mueca, que no sé si podría disfrazar mi sentir. Le hice un gesto de “ahora mismo te acompaño dentro”, necesitaba un minuto. Aunque no se lo pude decir, ese minuto lo necesitaba para estar con ella, para permanecer con los recuerdos de aquella chica que hizo por arte de magia que el tiempo se parase, que mi vida fuese especial, que durante unas horas el universo girase entorno a nosotros dos, que me sintiese la personas más afortunada de la infinidad de este mundo, que el bello se me erizase sólo con recordar su sonrisa, que todo tuviera sentido a su lado y nada sin ella. “Te echo tanto de menos…”.

Llevaba varios días demasiado nervioso, sin dormir, con su recuerdo impregnado en cada uno de mis movimientos y eso me estaba destrozando. Me siento mal porque yo no soy de los que le gusta vivir una mentira y a pesar de querer a mi novia, había algo que no me dejaba disfrutar. Aquella mano del pasado me seguía agarrando y no me soltaba. Era ella.

Esa noche fue insoportable, no podía dormir, me retozaba en la cama entre penumbras, sueños, recuerdos y repentinos despertares…

En medio de esa confusión me levanté, no podía permitirme que fuese igual. Cogí lo imprescindible y saqué un billete de avión de vuelta para ese mismo día. A veces hay que jugársela y yo no tenía nada que perder. No dejé ninguna nota, simplemente desaparecí. Lo siento.

Y como si fuese un sueño, entre brumas y tenues destellos, llegué donde la conocí y donde aún esperaba encontrarla. Pasé inadvertido de un lado a otro por ver si el azar me permitía observarla de lejos, pero no tuve suerte. El tiempo había pasado lo suficiente como para que los años y la distancia hiciera mella en la gente que me conoció por esos lugares. Como última opción me dirigí donde vivía y pregunté por ella, haciéndome pasar por un viejo amigo, sin embargo las únicas respuestas fueron que no estaba allí…

Me volví para marcharme y justo antes de abandonar totalmente, alguien me dijo, “¡ey!, perdona, ahí viene…”. Giré para mirar al otro lado de la calle, cuando el sudor frío de mi frente me descolocó e hizo tambalearme. Al final logré avanzar unos pasos y salir para ver que se despedía a besos de alguien, en la que su mirada desprendía esa luz que no olvidé, pero que ahora iban dirigidas a otro. “¿Qué te esperabas idiota?”, fue lo que conseguí decirme mientras me sujetaba contra la pared. Seguía tan hermosa como la última vez que la contemplé, sentía que la sangre se me aceleraba al mirarla y recordar que la tuve entre mis brazos, que sus besos eran mi energía y no había nada más en el mundo que ella y yo, sin embargo la había perdido, mi vida sería ese tortuoso camino sin la niña de mis ojos, porque el tiempo había hecho su trabajo y el olvido se había apoderado de su mente.

No supe qué hacer, cómo reaccionar, aunque bastante hice con mantenerme en pié y buscar una silla para no desplomarme. La gente de aquel bar me preguntó si me encontraba bien, y a pesar de que realmente no era así, pude disimular diciendo que había sufrido un pequeño mareo y todo estaba perfecto. Me senté de espaldas a la puerta de la entrada a la estancia para evitar que ella me viese. Rezaba que pasara rápido y poder marcharme de allí sin dejar huella, sin dejar rastro de mi penitencia. Sólo quería esfumarme para siempre.

Escuché como se abría la puerta y sentí que era ella. El aroma de su piel era inconfundible para mí, su aura me atrapó como en un sueño en el que no deseas despertar y yo agaché la cabeza. Pasaron los segundos y lentamente me erguí para salir. Lo hice sin mirar y buscando rápidamente la puerta que me liberaría para poder padecer en soledad. Lo conseguí, tiré de la puerta y cuando traspasaba el umbral una voz me heló la sangre y me petrificó en aquella posición. “Perdona, ¿eres…?”, pero a pesar de sus palabras hice como que nada iba conmigo y proseguí caminando. Quería irme rápido y había algo que me frenaba e impedía avanzar. Dios, sólo quería seguir y seguir, que me dejara sufrir tranquilo y que todo le fuese bien, pero no podía quedarme ni un segundo más. Y cuando crucé la calle, cuando parecía que no se había dado cuenta de nada y los árboles eran mis únicos compañeros, sentí que alguien estaba detrás de mí y me rozaba la mano para detenerme. La vista se me nubló como en un sueño, el tiempo se ralentizó, la gente que nos rodeaba parecía estar congelada, no hacía frío ni calor y el sol brillaba más que nunca. “Hola…” me dijo. Al final me dí la vuelta mirando al suelo y levantando la visión como si fuera un esfuerzo titánico, contemplando cada rasgo de su piel y clavando mis ojos en su cara, en sus pupilas. No pude contestar, sólo disfrutarla y que la química hiciese el resto. No sé por qué, pero sabía que esa mirada suya era la misma que la de hacía años, noté que se colaba dentro de mí, que ella también temblaba al estar a mi lado y que pareciese ayer cuando nos despedimos entre lágrimas y “te quieros”.

Sentía que queríamos decirnos tanto y no podíamos. Era una sensación muy extraña. Me acerqué algo más y rocé la punta de mis dedos con sus manos, mientras cerraba los ojos y proseguía aproximándome más para susurrarle, “te echo tanto de menos…tanto…”, que no lo soporté más y una lágrima recorrió mi cara y liberar así lo que llevaba en mi interior. El miedo me invadió y los nervios me atenazaban, pero no lo suficiente para arriesgarme y decirle, “te quiero…”. Ella soltó una de mis manos, rozó mi cara y recorrió el trazo de mis lágrimas para besarme un “te quiero” en la mejilla y otro en mis labios. Entrecruzamos los dedos como antaño y mi boca buscó su delicado cuello para crear una liviana sonrisa que me teletransportaba al pasado tan maravilloso.

La abracé tan fuerte que percibí como nos fundíamos en uno. Levanté su cuerpo contra el mío y giré con sus ojos clavados en los míos, haciendo que me sintiese la persona más poderosa del universo. No quería volver a separarme de ella nunca más, deseaba pasar el resto de mi vida a su lado, viendo su sonrisa cada despertar, besándola día a día, haciéndola feliz hasta el último segundo que la vida recorriese mis venas, porque sin ella muero, sin ella no soy nadie, sin ella nada tiene sentido, sin ella no hay nada…no hay nada…

 

“¡Despierta, despierta!, ¡tranquilo…ha sido una pesadilla, cariño!”, me gritaba aquella voz familiar, mientras el sudor de mi frente empapaba mis manos y la almohada de esa habitación perdida. Mi novia me calmaba para que fuese consciente de que todo había sido un sueño, que llevaba toda la noche así y ya estaba todo bien. Al decirme aquello, mis manos temblaron, quería hundirme en el colchón a modo de caída infinita, para desaparecer y no volver a sentir nada en mi vida. Rezaba por morir en ese instante para dejar de padecer. No podía ser Dios mío, ¿por qué a mí, ¿¡dónde estás Princesa…dónde estás…?!, murmuré tantas veces que cada palabra se ensartaba en el corazón.

Salté de la cama con las pocas energías que me quedaban bajo la sorpresiva mirada de mi novia, ¿¡qué haces…dónde vas?!, no paraba de clamarme. Y yo lo sentía por ella, me dolía hacer eso, sin embargo mi corazón dominaba a mi mente. El reloj me golpeaba en la cabeza y cada segundo que caía en el tiempo era un instante que perdía a su lado. No sabía dónde estaba realmente, cómo le iba, nada, pero me daba igual, iba a ir a buscarla y luchar por ella aunque me fuese la existencia en ello. 

 

Soy un soñador lo sé, pero quiero vivir con alguien especial y diferente que haga mi paso por el tiempo único, donde nada ni nadie pueda separarnos en la infinidad del mundo. Porque ella y yo somos uno, porque ella y yo somos inquebrantables…

 

“Y así será mi vida. Una liza constante por lo que deseo, haciendo que cada latir de mi vida tenga un sentido maravilloso…”.



 



 


 David Campos Sacedón