MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Cerca de tí



Cerca de tí

A veces, aunque sea más difícil, también soy capaz de verlo a grandes distancias. Inequívocamente a menor, lo palpo sin dudarlo.

Jamás soy percibida de forma repentina, sino más bien como un velo de aire caliente que te empapa. Cuando eso sucede, el miedo, la tristeza y la desgana se adueñan de tí.

Hoy he entrado en un pub de mediano tamaño donde un grupo de amigos, numeroso, celebraba cualquier cosa. Son de esas reuniones que tienen como objetivo ser feliz, olvidar la rutina y saborear lo mejor de cada segundo.

Nadie, absolutamente nadie me advierte. Finalmente lo veo. Ahí está, en medio de todos y a su vez con nadie. En esta ocasión se trata de un chico,  mediana edad, tímido y con aspecto de cualquiera que nos podamos cruzar por la calle. Él no se da cuenta, sin embargo para mí es como si estuviese iluminado con un foco en medio de una habitación a oscuras. Puedo contemplar y apreciar cada uno de sus movimientos. Va de un lado a otro cruzando mínimas palabras con todo el que consigue retener. Mira su reloj con asiduidad, busca la pared del fondo como si de una protección se tratase. Su mirada transmite tanta tristeza que incluso a mí me llama la atención. Focalizo mi mirada y perfectamente se distingue su figura estática difuminada por el trasiego de las decenas de personas de ese grupo. Nadie se para más de dos segundos con él, pese a sus intentos. Nadie posa sus ojos en él, porque prácticamente no existe. Ha tenido mala suerte. Desde pequeño fue un niño especial, tímido, diferente, tal vez demasiado bueno. Me percato que ríe todas las gracias, lucha por sentirse parte de ese grupo y por minutos va machacando su débil personalidad, la cual, la olvidó pagando un caro peaje.

Cierro mis párpados y entro en su mente. Trazos grises son los que me vienen desde su delicado pensamiento. La muerte prematura de su padre, el rechazo de una chica, la poca confianza en sí mismo y el paso de los años se entremezclaron. Vuelvo a abrir los ojos y me acerco a él. Mira repetidas veces al suelo, se pide otra copa buscando una sonrisa de alquiler. La de la camarera le vale, puesto que esos segundos son instantes que no se siente solo. Gira con el dedo los hielos y se imagina una noria gigante en sus años de infancia. Vuelve a la multitud. Antes se ponía nervioso el pensar que por qué estaba allí si nadie le había invitado. No resistía quedarse días sin salir de casa y se presentaba donde sabía que los hallaría. Sin embargo, se había acostumbrado a todo aquello. Se miraba la punta de los pies, jugaba con el teléfono y simulaba que alguien clamaba su nombre.

Proseguí acercándome. Me duele tener que hacerlo, pero es mi labor. Intenté parar todo lo posible el posarme en su ser para que pudiese respirar tranquilo unos segundos más. Apenas a unos centímetros de sus ojos, él levanto la mirada atravesándome. “Lo siento…”, suspiré. Caí en su piel, me apoderé de su corazón y lo que es aún peor, de su mente. Me agarré a su garganta, hice temblar sus párpados, su corazón cabalgó más y más fuerte, las ganas de desaparecer y la  tristeza fueron por unos dolorosos momentos, lo único perceptible para él.

Así soy yo, única. Yo, la Soledad.

 

Para todos aquellos que se sienten o se han sentido asi…

 

David Campos