MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

El Beso



El Beso
 

 

Los escalones desgastados aún conservan cierta pintura de entonces. Son sólo tres antes de llegar al descanso que da acceso a la puerta de la “Casa”, lugar en donde tantos años hemos pasado juntos. Al agarrarme al pasamano observo que mis venas se alargan como finos conductos entre mi acartonada piel, las arrugas invaden mi cuerpo y mis pulmones piden un “respiro” para atacar el siguiente peldaño; ya no soy aquel jovenzuelo con energía ilimitada y salvaje. Cada vez que pisaba esa escalera, volvía a imaginarme aquellos domingos mirando embobado como “ella” paseaba de la mano de su madre por los callejones del pueblo, con su traje de colegiala y tierna sonrisa; “hoy te veo de nuevo…”.

Solía hacerlo a menudo, eso de recorrer los metros previos a su habitación con los ojos cerrados y fantasear con que venía con la cesta de magdalenas que tanto adoraba preparar. Catorce pasos y girar a la izquierda era el recorrido, me lo sé de memoria, aunque me lleva mucho tiempo hacer el camino ya que mi cadera reza por una tregua y mi bastón es mi único aliado.

Traspaso el umbral del dormitorio y allí está ella, tan sensible y hermosa. Canas por doquier, párpados que siguen cansados y no le permiten ver a través de esos maravillosos ojos brillantes, son su pequeño disfraz. Hoy no voy a hacerle caso a mi espalda y no pienso sentarme en esa dura silla. Me aproximo  tímidamente hasta que puedo sentir el vaivén de su respiración, notar como el aire que nos rodea llena su cuerpo de vida, percibir el tacto de mi mano con la suya, con el amor de mi vida. Ella aprecia la caricia de mis dedos pero apenas puede mover el resto de su cuerpo para transmitirme alguna señal, su memoria nos abandonó tiempo atrás, “pero tu corazón sigue aquí conmigo…”, le susurré. “No sé por qué cariño, pero cada día te veo más guapa…” murmuré. Suelto ese dichoso trozo de madera y me agarro a la cama. La habitación está en silencio, únicamente se escuchan el piar de algunos pájaros lejanos, unos tibios rayos de Sol chocando contra las sábanas que la cubren y la esencia de su delicada piel.

Sólo estamos ella y yo de nuevo. A pesar de mis dolores consigo aproximarme más a ella, rozar su maravilloso pelo, tener su respiración cerca hasta que mis labios llenos de vida besan los suyos…

 

Y en ese instante logro observar que cada pelo de su melena se va tiñendo de color, cómo sus arrugas comienzan a disiparse y los párpados se igualan al resto de su tez, volviendo a entreabrirse después de tanto tiempo. Mis manos regresan al pasado para estar fuertes, la abrazo y ella me corresponde delicadamente. Abro más los ojos y siento cómo ambos sonreímos en medio de ese beso, percatándome de que la maldita cama no existe y estamos rodeados de árboles otoñales; justo el lugar donde la llevaba a escondidas para gozar de su compañía. Cada vez su mirada es más profunda, su pelo se recoge liberando el flequillo con el que tanto me gustaba juguetear y las hojas caen a nuestro alrededor a cámara lenta mientras la sujeto fuerte, dejándonos caer en ese manto natural.

Somos niños, los mismos que se conocieron en una tarde de verano y pasearon cada domingo de la mano contándose las aventuras que sus padres les habían narrado. Los mismos que aquella cálida tarde se fundieron en el “primer” beso de sus vidas y sonreían por saborear los labios del otro. Los mismos que se prometieron amor eterno grabando sus nombres en el tronco de un árbol. 

Parpadeo sosegadamente, separo tristemente los labios contemplando al mismo tiempo que el blanco se extiende por su cabellera de nuevo, cómo los surcos en la piel crecen de lado a lado, cómo mis manos flaquean y sus ojos vuelven a plegarse paulatinamente, no sin antes advertir que sus pupilas me expresan amor infinito, a lo que le contesto sonriendo “te quiero…” .

Los rayos solares se ensanchan conformando las paredes de la habitación, las hojas se fusionan para crear las sábanas y almohada que sostiene su cabeza. Los dolores sin pedir paso cubren mi espalda llegando a mi nuca, sin embargo es insuficiente para retirarme de su lado. “Otra tarde más contigo, otro día que paso siendo el niño, hombre y anciano más feliz del mundo”, musité.

Ella no me ve, pero me siente, ella no puede hablarme pero no me importa, porque como nos dijimos hace ya sesenta años en medio de nuestro primer beso…

 

“…da igual lo que el tiempo quiera hacer con nosotros, lo importante es que somos uno y nada ni nadie podrá cambiar eso…”

 

 


















David Campos Sacedon