MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

El Suspiro

 

El Suspiro

 

Las risas se contagiaban entre nosotros. Bromas, muecas, sonidos extravagantes nos daban la mano en ese paseo nocturno por la feria del barrio. El sabor de largos regalices y el olor a palomitas engalanaban el ambiente, haciendo perfecta sintonía con la unión que nuestra pequeña familia tenía, mi mujer, mi hijo de seis años y yo. Reconozco que no podría decir claramente quién era más niño de los dos, puesto que las atracciones me encantaban, hacían revivir en mi mente los años de juventud en los que podía pasarme horas y horas en el tiovivo o la noria.

Nuestro paseo continuó entremezclándonos entre el gentío, el paso de bicicletas, feriantes, coches y caballos, como si fuera parte del son de una partitura en la que cada componente le daba una nota de color. Éramos una familia a la que le encantaba permanecer unida, daba igual el acontecimiento o motivo, lo importante era estar uno al lado del otro.

Continuando nuestro recorrido aleatorio por la algarabía de la fiesta, una ligera brizna de agua rozó la punta de mi nariz, y a pesar de no darle mucha importancia, percibí que las estrellas se escondían tras un manto de espesas nubes. Lenta y progresivamente la gente comenzó a moverse más rápido para resguardarse de lo que se intuía una tormenta de verano. Mi hijo y yo comenzamos a bailar y jugar bajo la lluvia, pero mi mujer ya se escondía debajo del toldo de un bazar, odiaba el agua. Nosotros, agarrados de la mano, girábamos al ritmo de la música mirando al cielo, simulando parte de otra actuación en el recinto; la verdad que aún siento las manos de mi hijo agarrando con fuerza la punta de mis dedos.

Ahora que vuelvo a revivirlo, soy capaz de recordar cada una de las gotas que caían a nuestro alrededor, los destellos de luz provenientes de lo que nos rodeaba, las figuras difuminadas de mayores y niños, del brillo de los ojos de mi hijo observándome, sus blancos dientes y nuestros rostros empapados que parecían aumentar nuestras risas. Como parte de un juego, nos separamos y él inició una carrera para llegar antes al resguardo de aquel toldo donde se encontraba aún mi mujer. Capté el guiño y seguí sus pasos, dándole ventaja para hacerlo más animado. Me lancé tras él, viendo como de sus zapatos se desprendían gotas de barro y nuestro entorno comenzaba a desdibujarse por la velocidad. Nos faltaban pocos metros, esquivando por doquier cualquier obstáculo que se antepuso ante nosotros, hasta que una luz cegadora de un costado captó mi atención y posterior pavor. Una de las camionetas de la feria se dirigía a toda velocidad prácticamente al encuentro de mi hijo, el cual no fue consciente de lo que estaba sucediendo, sino que seguía con sus risas y zancadas para llegar antes que yo. Le grité y grité sin parar, pero la mezcla de melodías, gentío y trajinar de la feria hacía imposible que se me oyera, por lo que empujé a todo el que me separaba de alcanzar su espalda. Parecía que fuese un sueño donde nunca consigues tocar lo que persigues, aderezado de sufrimiento, dolor, angustia y desesperación. El morro del vehículo se abalanzaba sobre él, el chirriar de los neumáticos sobresalió sobre el resto de sonidos, pero era tarde ya; estaba apenas a un puñado de metros de él. Desesperado salté todo lo que pude para empujarle y al menos desviarle de la trayectoria de la camioneta, hasta que los destellos de los faros nos envolvieron como una ola gigante…

 

Trazos de colores, bruma y el sonido del respirar me cogieron del pecho para levantarme. Estaba perdido, no recordaba nada, era como erguirse en medio de cualquier noche sin saber dónde te habías quedado ese día. Apreté los dientes y puños haciendo que la realidad cobrara forma. Los gritos alcanzaron un nivel desgarrador, reconociendo alguno de ellos y mi mente se puso en marcha, recolocando las piezas del puzzle en el instante que capté con mi mirada una figura pequeña tumbada sobre el asfalto. El gentío era insoportable pero conseguí ponerme en pié rápido y sobrepasé a todos como si no existieran, para llegar al pequeño círculo de personas que se amontonaban alrededor de mi hijo. Jamás sus gemidos y lloros sonaban tan bien. Se encontraba entre las manos de dos desconocidos que decían ser médicos y por miedo a lastimarle me quedé a su lado acariciando su cara sintiendo que estaba vivo. La maldita camioneta se encontraba a pocos metros y su conductor arrodillado lejos de nosotros, el cual no paraba de gemir y llorar. A pesar de su locura no quise malgastar mi tiempo con el conductor y preferí esperar a la vera de mi pequeño. En ese mismo instante me levante y busqué entre la multitud a mi mujer, pero no dí con ella. Los gritos y lloros continuaban, como si ella misma fuera la artífice de ellos. Voces de auxilio y gente corriendo seguían rodeándome a pesar de que nuestro niño había quedado fuera de peligro. En apenas segundos nos quedamos solos, los dos desconocidos, mi hijo y yo…”¿por qué…?”. Como atraído por un imán, seguí la corriente humana que se apilaba delante de los focos de la camioneta. Cada paso que daba hacía más notable el llorar de alguien. Apenas moví un músculo para deshacerme de los que me separaban de la macabra escena.

La lluvia empapaba cada rincón de mi mujer, donde las gotas de agua y sus lágrimas no se distinguían. Estaba derrotada, arrodillada y prácticamente tirada encima de lo que parecía un cuerpo inerte. Voces de socorro, caras congestionadas y madres tapando los ojos de sus pequeños formaban aquella visión. Mi rabia quiso quitar a cada uno de los que allí se encontraban, les gritaba, casi les amenazaba, pero nadie me hacía caso. Rápidamente giré hacia mi esposa, siempre tan pasional y me tiré a su lado. No paré de repetirle qué ocurría, que por favor me dijera algo; sus gemidos fueron la respuesta. La abracé con todas mis fuerzas susurrándole al oído que nuestro hijo estaba bien, que todo había sido una desgracia. Quería calmarla y ella ni se inmutó. La pobre agarraba con fuerza las manos del hombre tirado y en ese preciso instante algo llamó mi atención. El anillo mojado y sucio del hombre era exacto al que mi mujer y yo compartíamos desde nuestro enlace…estaba confundido tras la caída y todo parecía estar bañado con una espesa niebla, sería eso. Volví a mirarla cuando su rostro desencajado balbuceó mi nombre, me acerqué y la besé para que se tranquilizara, sin embargo no cesó, cayendo más y más hacia la cara del desconocido. En medio de esa desesperación,  dejé de acariciarla y el aturdimiento se apoderó de mí. La cara de ese hombre me tenía confundido y no podría decir si le conocía o no, era extraño, curioso, atípico, algo no encajaba. “¡Quién es, cariño!”, le grité a mi mujer, pero ni titubeó. Atraído por sonidos a mis espaldas comprobé que la muchedumbre se hizo a un lado para dejar paso a los sanitarios que traían a mi hijo, que sin detenerse, agarró  al hombre tendido, gritando sin consuelo…“papá”.

Mi garganta se desquebrajó, se agrietó y se hundió en el infinito de mi interior. Ahora reconocía cada parte de esa figura, desde los zapatos, pantalones, tirantes y camisa a cuadros de mi madre. Mi anillo, mi pequeña cicatriz en uno de los pómulos que se intuía a pesar de la sangre en el rostro. En ese segundo supe por qué nadie se percataba de mi presencia, por qué mi mujer no me sentía a su lado, por qué mi hijo fue directo a…mí.

 

 

“Y así es como lo viví hijo mío. En el último instante antes del choque, pude empujarte lejos del parachoques de la camioneta, dejando mi cuerpo desprotegido ante aquella barra metálica. No noté nada, solo recuerdo un haz de luz cruzando de lado a lado mi visión, el flotar rodeado de una nieblina dulce en la nada, hasta que desperté sin conocimiento.

La mezcla de sensaciones era terrible. Tú estabas vivo, que era lo más importante, sin embargo por unos instantes vosotros no pudisteis sentir mi presencia y eso me mataba. No hay dolor más inmenso que el que sufre tu familia y no puedas remediarlo.

 

Dos años después del accidente y aún recuperándome de las secuelas que provocó que aquel día mi cuerpo se postrara en una silla de ruedas, sigo contándole cada noche a mi hijo por qué soy su ángel de la guarda y la importancia de la familia unida, porque pase lo que pase, jamás lo abandonaré.

No hay día que paseemos juntos y no mire sus jóvenes manos agarrando el manillar de mi silla, cierro los ojos y puedo casi sentirlas cogidas de las mías como en aquel día, girando, cantando, riéndonos, libres y siendo uno bajo la lluvia.

Hoy volvemos los tres a recorrer la feria del barrio…sabor a regaliz, olor a palomitas recién hechas…

 

 



 

David Campos Sacedón