MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Injusto

Injusto

 

Es la sensación de vacío, de haberlo perdido todo lo que me dejó sin ilusión.

Tempestades a mi alrededor, intentando controlar aquellos golpes por un lado y por otro, sin apenas apoyos e intentando ser fiel a mí mismo. Desobedeciendo a mi corazón me enfrenté a las peores pesadillas que uno puede hallar, aunque sin dejar de lado los recuerdos del Sol tibio en una pradera verde que eran sus ojos al mirarme.

Caídas, heridas y zarpazos fueron hundiendo mi piel sin encontrar dolor alguno. Sus gemidos me hacían flaquear en mi pretensión de dejarle su camino y rehacer el mío, apreté los dientes con todas mis fuerzas mientras atisbaba de reojo mi pecho, donde sólo se encontraba un hueco gigante, sin nada más, hasta que los perversos sudores fríos recorrieron mi sien. Volví a estrellarme contra el frío suelo invernal, mientras sus dedos rozaban mi hombro en busca de sosiego, sin embargo mi látigo estrelló toda su irá contra su nívea piel, contra sus dulces ojos llenos de lágrimas y no tuve piedad, haciéndola sangrar y sangrar.

Reemprendí el camino escabroso idealizado por mi mente teniendo claro que si no lo hacía la sensación de vacío y tristeza inundaría todo mi ser. Combatí y rivalicé día tras día hasta perder la noción del tiempo traicionando lo que juré no hacer, acobijarme en sus recuerdos y aquella casita de campo junto al estanque. Solo rogué unos segundos de pausa para pasear por allí, aunque siendo sincero, resultó muy injusto disfrutar de sus dulces vestidos y noble sonrisa a la vez que la brisa acariciaba su dorado pelo. Ella me observó de lejos y como siempre echó a correr tras de mí, pero al llegar a mi lado contemple mi pecho, de nuevo deshabitado y desierto, haciéndola sollozar y caer. Se abrazó a mí, partiendo mi tez hasta el alma sólo con el trazo de su rímel…y la solté.

Despiadado y severo viaje me dispuse a recorrer advirtiendo que mis fuerzas eran insuficientes. Me aparté del camino y el vigor de mi mente se alejó; personas y personas pasearon a mi lado sin hacerme caso, olvidado y tirado, donde merecía sin duda. Las gotas de lluvia acuchillaron mis entrañas sin clemencia, en el límite del horizonte, allí donde no hay nada. Mi último espasmo de vitalidad dirigió mis ojos de nuevo al torso, vislumbrando un corazón enorme y débil. Abandonado y postergado unos suaves dedos rozaron mi mejilla y el dolor me invadió ya que Ella una vez más, sin motivos, sin por qué, sin razones me demostró que deseaba ser el paraíso a mi infierno, mi Sol en mi invierno, mi felicidad ante la soledad. Ella.

 

Demasiado injusto para merecerlo...

                                                                                          David Campos Sacedon