MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

La Despedida


 
La Despedida

http://www.youtube.com/watch?v=vKntiqkk1V8


El pomo de la puerta ya no brilla tanto. Mis dedos apoyados en éste hacen que perciba el pasar del calendario por mi piel arrugada y desgastada, casi sin forma. Empujo la puerta y parece que todo se desvanezca, fusionándose con ese olor a verano, chocolate y vainilla…

 

Un amor prohibido.

Miraba al cielo, respirando cada aroma que me rodeaba en esa mítica plaza. Una vez más, allí me encontraba esperándola, leyendo cualquier panfleto de publicidad o entrando a los locales aledaños para evitar el calor sofocante del verano. Cada segundo que caía en el reloj yo lo sentía en mi piel provocando que las alusiones a nuestras citas se impregnaran en el ambiente, como si estuviese soñando despierto y todo fuese real.

“Llegó la hora…”, solía pensar. Ella se acercaba donde fijamos, sin embargo, yo a menudo, me escondía a unos metros de distancia para observarla cómo se aproximaba y me buscaba con la mirada. Yo quería disfrutarla, ver cómo su pelo se mecía, cómo parpadeaba, como su delicada piel se fundía con la luz del Sol. Era preciosa. El corazón siempre se me aceleraba con tan solo contemplarla, hasta que no me resistía e iba a su encuentro. Cuando nuestros ojos se descubrían, el mundo se detenía, parecía que los transeúntes no existieran y fuésemos dos figuras en medio de un escenario. La fuerza que nos unía era superior a todo, era como dejarse caer en un estanque de espuma y que éste no tuviese fondo alguno. Simplemente era, Felicidad.

Nuestros abrazos eran infinitos a la vez que nos mirábamos sonriendo. Deseábamos saborear cada segundo el uno al lado del otro porque sabíamos que nos quedaba poco tiempo. Ansiaba vivir lo que siempre soñé y por fin pudo hacerse realidad. Jamás había pensado que podría experimentar tanto sentimiento en mi interior, y la respuesta estaba en Ella.

Paseábamos cogidos de la mano consumiendo cada metro de una historia casi imposible, donde peleábamos contra todo para cuidar el uno del otro. La vida nos acariciaba en aquellos minutos compartidos, provocando que el miedo al “adiós” por poco apagara nuestro interior. Aquella tristeza la apaciguábamos llorando cara con cara, lágrima con lágrima, abrazo con abrazo, dejándonos arrastrar por un mundo en el que nos sentíamos incomprendidos y la rabia e impotencia se adueñaba de nuestra almohada. Nada y nadie nos importaba, únicamente estar juntos disfrutándonos, intentando que el otro recibiese todo lo que uno llevase dentro, comprendiéndonos, ayudándonos, animándonos, todo era perfecto.Las horas pasaban tan deprisa que parecían cortos suspiros, cada uno de ellos era el que formaba nuestra especial historia, la mejor de todas. Un amor especial y diferente. 

El último día que la vi, lo tengo grabado a fuego en mi alma. Ella se despidió a tirones, nos mataba separarnos. Como a cámara lenta, su pelo se movía tan suave que no sé explicar, se giró pausadamente para volver a clavar sus pupilas en mí y cada uno de sus pestañeos eran melodías de piano para mi corazón, su sonrisa era la energía que me traspasaba de lado a lado y me sujetaba en este mundo. En sus labios se podía entender un, “te amo”.
Esa imagen me acompaña desde entonces y es el mejor equipaje que me llevaré de este universo… 



Y la luz se atenuó. Mis ojos se van adaptando al entorno, a esa pequeña habitación de una residencia, mi hogar desde, “¿hace cuánto…?, murmuro. Allí de pie examino las cuatro blancas paredes, con apenas algún adorno, la cama siempre impecable y encima mi blog de notas abierto. Mi mano izquierda se aferra con fuerza al bastón, fiel amigo. Me muevo trabajosamente hacia la cama y giro lentamente mi cuerpo a la derecha, donde una pequeña cómoda y espejo se diluyen con las casi transparentes cortinas. Me reflejo en el cristal y vuelvo a sentir el cosquilleo del pasar del tiempo. Las arrugas nadan por mi rostro sin órden alguno, mi blanquecino pelo reposa fatigado y mis ojos me transmiten nostalgia, aunque al acercarme poco a poco, parece que rejuveneciese cuarenta años atrás y mis pupilas hablasen por sí solas, rememorando cada una de las tardes de aquellos remotos recuerdos. Vuelvo a separarme unos centímetros y las ancianas facciones se apoderan de mi visión de nuevo…

“Ya no me queda mucho, pero allá donde estés, gracias por haberme dado la oportunidad de vivir el amor que desde pequeño soñé, por permitir que a día de hoy mis fuerzas se sujeten como un títere a sus cuerdas…y esas cuerdas fuiste, eres y serás TÚ…”.









 

 


David Campos Sacedón