MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

La Plaza


La Plaza

La plaza estaba llena como de costumbre a esas horas y Julio pudo reconocer la mayoría de las caras que por allí se encontraban. Hacía buen día y los rayos se colaban por doquier, reflejándose en las baldosas tan escrupulosamente enceradas. Bellas doncellas veía danzar de un lado a otro, con sus blancos y pulcros vestidos al son del piar de los pájaros, aunque una de ellas le aceleraba el corazón;“cómo me recuerda a Ella…”  le dijo a un compañero que tenía a su lado, el cual se limitó a sonreir y observarle fija y detenidamente. Intentó llamarla con vehemencia, sin embargo aquella muchacha de cabellos dorados  echó un fugaz vistazo hacia donde Julio se encontraba y prosiguió a lo que  entendió una conversación muy entretenida con un pequeño grupo de chicos al otro lado de la explanada. El desasosiego por no estar a su lado le invadía y optó por ser Él mismo el que se dirigiese a Ella, siendo una grata sorpresa que en el momento de encarar su andadura, la joven dejó lo que estaba haciendo para dirigirse a Él, con los ojos bien abiertos y brillantes, ojos que Él tiene clavados en el alma desde hace tantos años. Ojos azules y brillantes, de piel suave y sonrisa amable que increíblemente se asemejaba tanto a…, “Rosa, ¿eres tú?, ¡Rosa!...”  le gritó con voz progresivamente más alta.

Sus manos sutiles y exquisitas le acariciaron la cara calmándole. Un ligero mareo asaltó su mente, sin embargo Ella ayudó a que todo recobrara sentido y a los pocos minutos, sin saber cómo, estaba rodeado de sus antiguos compañeros en la misma acera de la plaza, todos le miraban y sonreían, alargando sus manos para tranquilizarlo, ya que su rostro evidenciaba todo lo contrario.

Miró de nuevo al cielo y se percató que volvía a hacer un nuevo día y el Sol sería de nuevo su gran aliado en aquella maravillosa plazoleta, cuyos muros servirían de fortaleza y cobijo. “Estoy deseando verte Rosa, espero impaciente que pase la noche para regresar a este mismo lugar y ver cómo me miras, cómo me cuidas. No ha cambiado nada, no ha cambiado nada mi Rosa…” se repetía una y otra vez.



La joven llegó antes de su hora a trabajar, dándole tiempo a tomar un café, cambiarse y preparar la tarea de cada día. Pasó al aseo y con una goma desgastada se hizo una pequeña coleta, dejando únicamente que un puñado de cabellos hicieran la vez de flequillo, se enfundó su níveo e impoluto uniforme y al salir a la sala común se encontró al psiquiatra, “Hola doctor, buenos días”,  dirigiéndose cortésmente, “buenos días María”  contestó él; cargó de enseres su carro para ayudar en la preparación del desayuno, empujó las puertas que daban acceso a la estancia, cuando de repente, la impresión, el desconcierto y el asombro la dejó paralizada al ver que uno de los internados en silla de ruedas estaba de pie frente a ella, con un par de rosas, arrancadas seguramente de uno de los maceteros del salón comunal. Él la miraba con ojos vidriosos, alargó trabajosamente el brazo mientras que el otro temblaba sujetándose de un viejo bastón, hasta que pudo pronunciar, “Rosa, quédate hoy conmigo por favor, no me dejes solo…”. La muchacha no sabía cómo reaccionar hasta que las manos del doctor y un asistente sujetaron a Julio y facilitaron que éste pudiera sentarse de nuevo en la silla. De golpe las puertas se cerraron ante sus ojos y la joven dejó de contemplar aquella melancólica escena de un pobre anciano reclamando el cariño de su difunta esposa, cuya cara confundía diariamente con la de María y creía estar cada tarde en la plaza donde se conocieron, siendo en realidad una residencia de ancianos en la que la noción de tiempo se diluía y confundía como trazos de acuarela.

Pocos segundos después el facultativo se encontró con la chica y tratando de sosegarla habló, “María, no te pongas triste, ya sabes que Julio piensa que eres “su” Rosa. Seguro que tu cara le hace la vida más fácil”.

La joven cogió aire de nuevo, empujó las puertas y entró de nuevo en la estancia, observando que los ancianos, perfectamente alineados, eran atendidos por sus compañeros hasta que su mirada se topó de nuevo con los ojos de Julio. Su rostro volvía a brillar, era como si hubiese olvidado lo sucedido pocos minutos antes, incluso presentía que en el interior del anciano otro día soleado nacía, que todo comenzaba en su plaza, aquella plaza que años atrás sirvió para que conociese a la verdadera Rosa, esa mujer que pese a no estar junto a Él lo mantenía vivo con su recuerdo.

Intentó centrarse en la faena para abandonar esas apenadas alusiones y mientras revisaba que todos estuvieran atendidos tropezó con un antiguo monedero en medio del lugar. María no fue capaz de retener una lágrima cuando al levantar la desgastada cartera se entreabrió y distinguió una vieja fotografía del joven Julio y su esposa; rubia como ella, con los mismos ojos y similar tez, con esa sonrisa tierna y sencilla que seguramente era la que tensaba los hilos del corazón del abuelo. Alzó la vista hacia Él y sus facciones volvían a resplandecer como el joven que un día fue tras leer al pie del retrato, “Da igual los años que pasen, da igual donde estemos, siempre estaré contigo. Rosa.”; demostrándole que la energía que le impulsa cada amanecer era la del sentimiento que reposa en su interior, desde que ambos se conocieron en su particular y añorada “plaza”.









David Campos Sacedón