MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

La fuerza del destino



La fuerza del destino
 

 

Pisé el freno de mi camioneta suavemente hasta detenerla. Levanté la mirada a través del sucio cristal, pero la congoja me retenía por segundos. Abrí la puerta de mi viejo trasto y planté mis pies en aquel polvoriento suelo. La infinita llanura me rodeaba. A pocos metros de mí se encontraba la encrucijada de mi vida. Alcé mi pie para comenzar a andar, sin ganas, con el polvo lamiendo mi cara y mi mano sujetando aquel reloj con cubierta. El asfalto desgastado de la carretera que tenía delante de mí lo tengo grabado en mi mente. Continué mi paso hasta llegar al centro de ese remoto lugar. Me miré los pies y pude observar cómo mis cordones se movían ligeramente por la brisa de aquel ardiente desierto. Lentamente levanté mi cabeza y miré el camino que tenía frente a mí, de tierra, adornada de pequeñas plantas que sobreviven sin apenas nada. Seguí recorriendo con mis ojos el horizonte y observé el camino que se alarga a mi derecha de asfalto, acompañado de un cable eléctrico negro a modo de serpiente que salta de madera en madera. Sin apenas pestañear seguí escudriñando la infinidad de aquel lugar y dediqué unos segundos también para observar el camino que a mi izquierda también se alarga, dando lugar a aquella encrucijada en mi vida. El miedo, el olvido o la lucha. Estas palabras resoplaban en mis oídos como si la propia brisa del lugar estuviera susurrándolas. Cerré los ojos para dar permiso a una de mis lágrimas, que desde hacía tiempo se quejaba para poder salir. Y le di permiso.

En aquel lugar inhóspito, sin nadie a mi alrededor, con la única compañía de la foto preferida que escondía la tapa de mi valioso reloj, me encontraba yo, sin fuerzas, sin ganas, con la única ilusión de desaparecer a ningún lugar y que se ahogaran mis penas en el  olvido. Ya no me quedaba nada, sólo recuerdos y nostalgia que habían hecho de mi un trozo de tierra quebrada. El último vínculo con este mundo era aquel reloj con aquella foto fundida en su interior. En mi vida tomé muchas decisiones, pero aquella sería la última.

De mi interior generé la última bocanada de energía, la cual, crecía poco a poco para dirigirse hacia mi mente. Abrí con fuerza los ojos, apreté el reloj con mi mano y lo guardé en mi bolsillo. A mi derecha el miedo, a mi izquierda el olvido y frente a mí, en aquel camino ruinoso, se encontraba la lucha. El sentimiento de intentarlo por última vez, aunque las probabilidades de éxito fueran casi nulas, iba en aumento. Mojé mis labios para quitarme el polvo de aquel lugar. Apreté mis dientes y fijé con ahínco mi mirada en el horizonte que se extendía delante de mí. A lo lejos se encontraba la dueña de dicho reloj. Curioso que un trozo de metal, acompañado de una pequeña estampa, fuesen el motor de mi vida en aquellos últimos meses. Nunca tuve el valor de regresar, pero ese día quería cambiar el destino y la costumbre de mi vida.

”Hoy no pienso huir”, me dije. Y con aquella convicción, levante decididamente mi paso, empujando aquel viento, venciendo el polvo y mis miedos, machacando los recuerdos, avasallando el destino. Poseído por un primigenio sentimiento de amor, anduve por aquel olvidado lugar haciendo frente a lo que nunca hice, luchar por lo que importa. Ese día, cambié el destino de mi vida por completo y los  metros de tierra pasaron bajo mis pies sin cesar, el horizonte cogía forma a la vez que mis ojos hacían menos esfuerzo por escudriñar mi destino final. Durante un largo tiempo fui inconsciente de mis necesidades humanas, pero conforme avanzaba, la sed hacía acto de presencia y mis músculos se apretaban como mordiscos de lobo. Pero no paré. No paré hasta llegar hasta aquellos maltrechos escalones de madera seca, que daban entrada a la puerta de mi destino en medio de la nada. Metí la mano en mi bolsillo y saqué de nuevo el reloj. Sin mirarlo avancé hasta la puerta y la golpee dos veces. No escuché respuesta alguna. Volví a insistir, esta vez con más intensidad. Me quedé esperando unos segundos, incluso intenté mirar a través de las ventanas, pero no pude ver nada. Regresé a la puerta e intenté abrirla, con la sorpresa de encontrarla abierta. No lo dudé un instante y entré. Por unos segundos estuve ciego. El cambio de luz fue muy fuerte y tuve que acostumbrar a mis ojos. Los fruncí antes de volver a abrirlos y poco a poco fui teniendo la imagen de lo que tenía delante. Todo colocado como siempre, el fuego encendido y la mesa recién puesta para dos comensales. La brisa exterior cerró  la puerta y el silencio sólo era roto por el quebrar de la madera ante el fuego. Me quedé mirando el suelo e inhalando un indescriptible cálido aroma a hogar. En solo un instante supe lo que había a pocos metros de mí. Su silueta se apoyaba en la barandilla de aquella querida escalera. Su traje azul, desgastado por los vaivenes del tiempo y la vida, su pelo recogido y aquella cara de ángel me dejaron sin aliento. Nos miramos tranquilamente. Yo me acerqué lentamente hasta llegar a las escaleras. Alargué mi brazo y abrí la mano para enseñarle aquel reloj. Ella, sin mirarlo, bajó hasta mi altura y apartó delicadamente mi mano. Un miedo horrible se aceleró por mi piel esperando sus palabras. Su aliento rozó mi cuello y me susurro, “¿a qué has venido…?”, a lo que yo respondí en voz baja, “a buscarte…”. Levanté la mirada y le volví a decir, “llevo buscándote toda mi vida…y no pienso perderte sin luchar…”. Ella cogió mi mano diciéndome, “la mesa lleva puesta desde que te fuiste…”. No lo pude evitar y otra lágrima escapó de mi interior. Ella sonrió y desdibujó una gota entre el polvo de mi cara. “Te quiero…” me dijo. “Y yo a ti también cariño…” respondí en un susurro. La abracé contra mi pecho, lugar donde aún la llevo clavada.

Y por unos segundos nos teletransportamos a una isla desierta en medio del océano. Solos, ella y yo.

 

Los años han pasado y cada día he tenido más claro que a veces hay que luchar contra lo que parece ser tu destino, porque únicamente tú lo labras y lo forjas. Hay que lucharlo para poder saborearlo y vivirlo.

 

Y aquí, después de esa tarde tan lejana, sigo recogiendo los frutos de mi valentía y de la lucha ante la fuerza del destino; destino que peleé para que estuviese guiado por ella y para ella.

 

 

David Campos Sacedón