MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Lejos, muy lejos



Lejos, muy lejos



 
 

Allí estaba, bajo mi cama.

 -¿Qué haces ahí escondido? – le dije.


 -Fue aquí donde nos conocimos, ¿verdad? Qué recuerdos. No eras más que un chiquillo ¿Cuántos años tenías? ¿Diez? ¿Once? Cómo llorabas. Todas las tardes, al llegar del colegio, te ovillabas sobre el colchón y temblabas durante horas. Me dabas tanta pena. Me partía el corazón verte así.

 -Ahora es distinto.


 -Distinto, ¿por qué?


 -Porque estoy mucho mejor.


 -Estás mucho mejor – gruñó entre carcajadas -, claro, y ya no me necesitas. Estás mucho mejor y me echas de tu vida chasqueando los dedos, como si nunca hubiera significado nada para ti.


 -Exacto.


 -Es por ella, ¿verdad? ¿Cómo se llama? ¿Mayte? ¿Marta?


 -Martina.


 -Martina, eso es. Martina, Martina, Martina. Seguro que ha sido ella la que te ha convencido de que me apartes de tu lado.


 -No metas a Martina en esto. Soy yo quien te está diciendo que te vayas.


 -Pues no lo entiendo. No lo entiendo.


 -¿Te importaría salir de debajo de la cama, por favor?


 Con lentitud exasperante se deslizó hacia la alfombra. Primero los pies. Los brazos. La cabeza. Se giró hacia mí y compuso su mirada de cachorrillo asustado. Quiéreme, parecían decir sus ojos, quiéreme. Se incorporó hasta ponerse de rodillas. Intentaba darme lástima. Lo tomé por los hombros y lo puse en pie.


 -Verás – le dije -, tengo novia, ¿entendido? Me estoy medicando, he empezado a ir a terapia y mañana por la mañana me han citado para una entrevista de trabajo. Me ha costado mucho, muchísimo conseguirla.


 -¿Y qué?


 -Que si sigues aquí me será imposible sacarlo todo adelante. 


 -Yo puedo ayudarte.


 -No, no puedes.


 -¿Por qué me tratas así?


 -¡Porque no existes, joder! No eres más que una voz en mi cabeza. Tienes que desaparecer y no hay más que hablar.

 

El asomo de un mareo me amenazaba. El suelo comenzaba a transformarse en un sumidero atascado. Todos mis músculos querían huir hacia territorios más seguros. Mi cuello se volvía elástico, líquido, de goma. Mis manos temblaban. Mi pecho temblaba. Mi corazón era una bola de nieve que rodaba por la ladera de una montaña. 

 -Pero no hay ningún sitio al que yo pueda ir. Lo sabes, ¿no? Eres todo cuanto tengo ¿No podría... no podría quedarme en algún rinconcito de tu dormitorio? – suplicó -. Te juro que no te molestaré. Me meteré en el armario o en un cajón, ¿eh? Por favor, por los buenos tiempos.


 -¿Buenos tiempos? Pero, ¿qué buenos tiempos? Si eras tú quien me convencía siempre de que todo el mundo se reía de mí. Me has metido en decenas de peleas. He pasado los mejores años de mi juventud en la cárcel gracias a ti. He estado a punto de morir de sobredosis varias veces. Tengo los brazos cubiertos de cicatrices por tu culpa, ¿buenos tiempos? ¿cuándo? Dime, ¿cuándo fui feliz contigo?


 Sonrió. Lo había logrado. Había conseguido alterarme. La habitación vibraba levemente. Un centrifugado ligero. Sentía cómo mi cuerpo se abandonaba de nuevo a una espiral de profundidad impredecible. Un zumbido seco me removía por dentro, reabría todas mis grietas. Era una barca en un mar bajo un cielo de tormenta. Corrí hacia la ventana, intenté abrirla pero antes de que pudiera hacerlo él me envolvió en un abrazo cálido y cortante, como un hierro al rojo vivo. Su aliento era una lenta fuga de gas que me adormecía, que se esforzaba en atraparme para siempre.


 -Desde que nos vimos por primera vez nunca nos hemos separado. Nunca – me susurró al oído.


 -Lo sé.


 -No podrás vivir sin mí.


 -Tengo que intentarlo.


 Sus brazos me rodeaban con más fuerza. Me asfixiaba. Yo era suyo. Intentaba avanzar hacia la ventana, tenía que abrirla, necesitaba aire, lluvia, lo que fuera, pero en cada paso arrastraba el peso de toda una vida. Podía caer, en cualquier instante. Caer. Pensé en Martina, en mi familia, en los psicólogos. Pensé en mis amigos muertos. Pensé en el vacío, en la basura en la que había vivido. Y mis manos se elevaron entonces, como en una plegaría. Mis dedos crispados se aferraron al tirador del postigo. Conseguí desplazarlo unos centímetros y en ese instante vi mi reflejo en el cristal. Nuestro reflejo. Vi sus ojos en mis ojos enrojecidos. Su mueca vanidosa en mis labios asustados. Estaba en mí y tenía que librarme de él. Le di un empujón. Lo empujé con todas mis fuerzas. Caímos contra la estantería, bajo una cascada de libros, discos y fotografías.


 -Contaré hasta tres – dije -, y te habrás ido. Para siempre.


 Cerré los ojos.


 Uno.


 Dos.


 Tres.


 Cuando los abrí estaba yo solo. Tenía una brecha en la frente y magulladuras en todo el cuerpo, pero él se había marchado. Por fin. Martina llegó corriendo a la habitación.


 -¿Qué pasa? 


 -Ya nada – musité-. Ya nada.


 Aún me quedaba un largo camino por recorrer, aún me quedaban muchas recaídas por esquivar, lo sabía pero no me importaba, porque aquella noche cuando, como cada noche, me tumbé en el suelo y levanté los faldones de la colcha, por primera vez no vi a nadie bajo mi cama...

  


David Campos Sacedón