MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Lluvia

Lluvia

Cada piedrecita que formaba la calzada estaba unida a otra por minúsculas grietas oscuras, un mapa infinito el que conformaba el suelo donde estaba sentado con las piernas cruzadas. Esa calle sabía cual ira sin levantar la mirada.

Mi parpadear era lento, tanto que hasta percibía el suave roce de las pestañas, apreciaba el aire que viajaba por mis pulmones, mis manos denotaban las tardes en aquella playa donde mi hermano y yo dábamos rienda suelta a nuestra más pura niñez. Por mi mejilla serpenteó una pequeña gota, aminoró su marcha al llegar a mi pómulo quedándose pendida y tambaleante hasta que se precipitó al vacío. A esa se le unieron otras de forma escalonada; contemplé el cielo grisáceo y paulatinamente un desordenado vaivén de gotas golpearon mis párpados. Poco a poco en mi rostro todas ellas se articularon y fusionaron en hilos de agua que galopaban hasta colarse en mi interior. Todo volvía a repetirse…

De la nada rostros y rostros se engranaban a cuerpos oscuros y sin identidad, todos ellos con paraguas semejantes en tamaño y color. La lluvia arreciaba, sin embargo yo seguía ahí posado y empapado aunque sin importarme demasiado; ya me había acostumbrado a miles de aguaceros.

Al fondo de aquella calle, entre colores pardos y tristes, su cara iluminaba cada baldosa que pisaba, cada movimiento que hacía a la vez que yo me iba haciendo más y más niño, ocasionando que mis mangas fueran sobrepasando la punta de mis dedos, los zapatos se cayeran porque ya no tenían pies con los que sujetarse. Ella se agachó para cogerme entre sus brazos, elevándome con tanta fuerza que la tempestad pareciera temerla, sus ojos enormes me sonreían mientras inició el paso. A cada pisada y segundo que avanzaba se fueron restableciendo y recuperando mis años, antagónicamente lo que a ella le sucedía, pareciendo que la vida transcurriera en apenas un puñado de golpes de reloj. Las arrugas penetraban y asaltaban su cara y sus delicadas manos, siendo ahora yo el que debía atenderla y cuidarla; anciana y agotada fue dándome cada uno de sus segundos de existencia hasta que la tormenta amainó sin dejar rastro de los repelentes paraguas que me cercaron.

Uno en frente del otro, salvándome de nuevo del abismo, nos contemplamos y por enésima vez me susurró, “podrás ver mi piel envejecida, mis manos empeorar, menguar por cada punto de mi cuerpo, pero si examinas mis ojos te darás cuenta que jamás he cambiado, soy la misma de siempre y vendré eternamente a ayudarte…”.

 

Para ti, Rosario