MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Luz


Luz 

 

Mientras nos abrazábamos, el aroma de su pelo impregnaba mis sentidos. Su calor calmaba mis temores y su sonrisa curaba todos mis males.

Ella y yo nos volvíamos a ver después de unas semanas separados, y el reencuentro como siempre, fue maravilloso. Parecíamos dos niños jugueteando el uno con el otro sin parar de reír, sin querer que aquel momento se acabase.

Llevaba días preparándole una sorpresa. Quería llevarla esa noche a un lugar muy especial, donde juntos podríamos pedir deseos y estar solos. A pocos kilómetros había un mirador en lo alto de una colina y yo sabía que en esa noche veraniega, el cielo estaría despejado. Creí que sería una buena idea puesto que le encantaba observar las noches y sus paisajes estrellados. A mi me bastaba con observarla a ella.

 

Pasadas unas horas de nuestro reencuentro, fui a recogerla a casa y a pedirle que me acompañase. Mi sorpresa no hacía nada más que comenzar.

Ella bajó los escalones de su casa con su fascinante sonrisa como carta de presentación. Al entrar en el coche, la piel se me erizó. Era como el primer día que la besé. Con ella siempre parecía ser la primera vez.

Arranqué y me dispuse hacia mi destino. Quería llegar a la hora ideal para que pudiera presenciar el mayor número de estrellas fugaces y no quería perder ni un segundo. Ella constantemente me preguntaba cuál era la sorpresa y con pequeños juegos discurrió parte de nuestro viaje, en los que continuamente intentaba sonsacarme dónde la llevaba.

La alegría bañaba nuestro trayecto. Era una niña muy risueña y divertida. Sólo con recordarlo se me entrecorta la respiración.

 Aunque los kilómetros pasaban, los besos y las bromas convergían constantemente. Parecía que no viajásemos en un coche, sino que nos deslizásemos a través del tiempo volando y unidos simplemente con nuestras manos.

Nos conocimos hace muchos años. Era amiga desde la niñez. Hace unos años, ella vivía en una noche negra prisionera de una cárcel de cristal de forma constante y tras el calvario que pasó, pudo salir de ese agujero. Pude ayudarla porque me recordaba a lo que yo había sufrido y la vida quiso que nos encontrásemos tras la tempestad. Éramos la oportunidad que todos merecemos.

Yo seguía conduciendo encaminándonos hacia aquel lugar secreto y esos recuerdos tristes morían bajo nuestras risas y caricias. Lo malo quedó para el pasado y el presente nos recibía con otra cara.

 

Faltaba poco para llegar a nuestro destino, cuando todo cambió repentinamente.

Fueron apenas unos segundos, pero lo suficiente para cambiar el rumbo de nuestras vidas.

Mientras ella miraba a través del cristal hacia el cielo y me devolvía con su mirada el reflejo de las estrellas en sus pupilas, una sonrisa creciente iba apareciendo en su cara como mostrándome que poco a poco iba descubriendo de qué se trataba todo aquello. Fue tal su alegría que sus ojos se volvieron cristalinos e intermitentes por la emoción.

Inmiscuido en esos pensamientos tracé las últimas curvas antes de alcanzar nuestro destino, cuando súbitamente un coche que venía en dirección contraria invadió nuestro carril. Las luces del otro vehículo me cegaron totalmente y comencé a dar volantazos para salir de aquella trazada….

El chirriar de las ruedas fueron como gritos desgarradores. No era capaz de ver realmente lo que ocurría. Mi pie estaba totalmente hundido en el pedal del freno, mis manos intentaban controlar el volante para no perder el control. Los vaivenes del coche hacían que los cinturones se bloquearan ferozmente para no salir despedidos. Ella gritaba e intentaba agarrarse al salpicadero. Parece mentira, pero muchísimos recuerdos se pasearon por mi mente mientras todo eso ocurría. Inesperadamente los focos del otro vehículo se apartaron de mi visión y noté como mi coche se deslizaba con demasiada facilidad. Un terror indescriptible invadió mi cuerpo cuando supe que me estaba saliendo del asfalto y la gravilla de la cuneta hacía acto de presencia. Perdí el control y un estruendo estalló por un lateral del coche, golpeándonos contra lo que supuse que era el quitamiedos de la carretera. Tras el impacto, el coche se elevó como una pluma por los aires dando vueltas de campana. En ese momento todo parecía ser un sueño más que realidad. Crujidos, chasquidos, cristales abofetearon mi cara y el cinturón me quemó como un río de lava. Todo perdió su forma y razón. Entre tanto estrépito, el coche o lo que quedaba de él, cesó de moverse y se quedó apoyado contra el asfalto de nuevo. De los espantosos ruidos y movimientos se pasó a un silencio tenebroso, únicamente roto por el humo que salía del motor y lo que parecía el sonido de un goteo intermitente.

La cabeza me estallaba, el cinturón me quemaba y apenas sentía mis manos. El olor a goma quemada y gasolina era insoportable. Me dolía todo el cuerpo pero era incapaz de saber si tenía algo roto o no. Tras recobrar la visión real de lo que ocurría moví como pude mis dedos y conseguí soltarme el cinturón. Limpié mi cara y la busqué con mis ojos. Allí estaba ella sujeta al sillón y sin moverse. Su delicada melena había perdido su forma delicada y ahora estaba cubierta de trozos de cristal y tierra. Su cara estaba plagada de heridas y empapada de sangre. Al ver aquella escena, un frío súbito recorrió mi piel, mis extremidades se atenazaron y mi corazón parecía vacilar si seguir latiendo o no. Mi respiración se aceleró y se entrecortó por los nervios. De forma casi impulsiva me precipité hacia ella para soltarle el cinturón de seguridad y comencé a llamarla, a hablarle, casi hasta gritarle, pero no había respuesta alguna. Dentro de mí se generó una energía indescriptible para sacarla de aquella situación e intentar olvidarme de todo. Me acerqué aún más para comprobar su pulso y ver si respiraba. Era muy débil pero su latir continuaba a trompicones y sus pulmones aún seguían pidiendo oxígeno. Justo en ese momento me di cuenta de que de mi brazo brotaba sangre, pero apenas le presté atención. La vida de ella dependía de un hilo y tenía que hacer todo lo posible porque aquella pesadilla se acabara.

Una voz que creció en intensidad me chillaba desde el exterior. Los ocupantes del otro coche se bajaron y me ayudaron a salir y a sacarla. Los nervios y la tensión de la situación me estaba superando y por segundos, todo parecía ser parte de una terrible pesadilla, en la que los personajes de la historia se movían a cámara lenta. Quería que todo fuese una maldita pesadilla y deseaba despertar cuanto antes.

Entretanto, la pareja del otro coche llamó a urgencias de inmediato y yo volví al lado de la niña de mi vida. El simple hecho de verla tirada en el asfalto, con su melena mezclada entre sangre y gasolina, hacía que maldijese el hecho de llevarla a aquel lugar. Me atormentaba el pensar que por mi culpa ella estaba ahí.

Mis lágrimas caían sobre su rostro mientras intentaba limpiar su cara de sangre y restos del accidente. Recuerdo que cuando hablaba pretendía que ella me diese alguna respuesta. Me quité la camiseta y la tapé. Los minutos eran años y el silencio de la noche me hundía cada vez más. Yo no dejaba de llorar y de desear estar yo en su lugar. El ver su delicada piel rasgada, su delicado cuerpo tirado en el frío y rugoso asfalto, me angustiaba.

Al fin y de forma muy tenue comencé a escuchar el sonido lejano de las sirenas de lo que parecía ser una ambulancia. Como si fueran trazos de una película cortada a trozos, los minutos posteriores apenas los recuerdo bien. La ambulancia llegó, la taparon, la subieron y la llenaron de tubos y cables. El trayecto hasta el hospital más cercano parecía que no terminase nunca. Las caras de nerviosismo de quienes la trataban en la ambulancia me enloquecían y la desesperación se hizo dueña de mi mente. Me tapé los ojos con mis manos, apretando y apretando como intentando despertar de aquello.

Y al fin llegamos.

Les seguí corriendo hacia la entrada del hospital y por los pasillos hasta que me dieron el alto contra mi voluntad, mientras mis ojos veían como la niña de mi vida desaparecía a toda velocidad hacia el quirófano.

Las horas posteriores fueron insoportables. Me pasaron a observación y vieron que apenas tenía un rasguño en uno de mis brazos, pero lo escandaloso de la sangre  hacía que pareciese que estuviese aún más grave.

No me llegaban noticias de cómo iba ella. Durante el tiempo que estuve sentado en aquel pasillo inmaculado, recordé una y otra vez los últimos segundos de nuestro viaje, de cómo pasó todo y por qué me tenía que ocurrir eso a mí. Su sonrisa y su entrada al coche aquella noche, se me repetían una y otra vez. Su aroma, su voz, el brillo de sus ojos, lo delicado de su piel. Todo se reiteraba en mi mente incesantemente, lo que hacía que mi padecer no tuviese consuelo.

De repente, al fondo del pasillo, una de las puertas se abrió y pude observar por su vestimenta verde y uniforme, que era alguien que venía a comunicarme algo. Su semblante serio e impenetrable no me animaba. Rezaba con todas mis ganas oír algo bueno.

Mientras el doctor me hablaba e iba sabiendo cuál era su situación, mis oídos se cerraron y mi mente se nubló. Supongo que no quería escuchar más y me abalancé sobre él, buscando algo de apoyo antes de desmoronarme. Pedí a la tierra que me tragase en ese momento para no volver nunca jamás. Aquel hombre cincuentón y serio posó su mano sobre mi cabeza. Lo recuerdo perfectamente. Y sin decir nada más, me dejó pasar a verla.

Mi garganta se anudó cuando apoyé mis manos en el pomo frió de aquella puerta. Tras ella, se encontraba la persona que le daba sentido a mi vida día a día. Y allí se encontraba, tumbada y rodeada de cables y sonidos mecánicos. Mis ojos se desangraban de lágrimas y la tristeza más aguda que jamás hacía percibido se subió a mis hombros. Casi arrastrándome llegué a su lado y rocé con miedo los dedos de una de sus manos.

“Perdóname cariño…perdóname, por favor…perdóname mi vida.”, recuerdo que repetía una y otra vez entre balbuceos. Sentía ganas de abrazarla y estrecharla contra mí.

Contra todo pronóstico, entreabrió los ojos y soltó un leve sollozo. “Hola…”, conseguí oírle. Su cara tembló y una lágrima escapó de uno de sus ojos. Aquello me llevó a la máxima desesperación interior. Haciendo caso omiso de las recomendaciones del doctor y de las enfermeras, me levanté y me acerqué aún más. Era increíble, que después de todo lo ocurrido, del accidente, de las horas en quirófano, seguía emanando aquel aroma que me acompañaba desde el día que la conocí.

En ese momento me di cuenta que continuamente ella intentaba hacer el esfuerzo de decirme algo, hasta que al final logré entenderla. “Te quiero…”, me repitió con dulzura, a la vez que disimulaba una pequeña sonrisa. Todo eso no hacía más que hundirme aún más, de pedir con todas mis fuerzas que no me abandonase, que no me dejase solo y que todas las fuerzas del universo se unieran a ella para salvarla.

Los minutos pasaron y sus palabras perdieron fuerza y persistencia. Al final sólo movía los labios, pero el sonido de su interior se apagaba como una llama bajo la lluvia.

Uno de los monitores que había en la sala comenzó a emitir un fuerte pitido, dejándome claro que algo no marchaba bien. Grite a las enfermeras y antes de apenas decir nada varias personas se presentaron en la habitación y se abalanzaron sobre ella. Contra mi voluntad me sacaron de allí y me hicieron que volviese a aquel pasillo infernal. El doctor me gritaba y me gritaba, pero apenas conseguía oírle. Al final comprendí que no podía estar allí y sólo me quedaba esperar a que me dieran de nuevo noticias de lo que le pasaba.

Mi cuerpo de deshacía encima de una silla, mis pensamientos explotaban en mi interior y mi sangre parecía que rasgaría mis venas. La desesperación de intentar saber lo que ocurría podía conmigo. Inesperadamente, teniendo mi cabeza apoyada entre mis brazos cruzados, percibí como la puerta del fondo se volvía a abrir y me giré para poder ver quién era. Como a cámara lenta, me fijé en los pies de quien abrió dicha puerta. Sus zuecos azules y agujereados me dejaron claro de quién se trataba. Fui subiendo poco a poco mi mirada por su uniforme azul. En una de sus manos colgaba su gorro y de la otra una mascarilla blanca salpicada de gotas rojas, lo que me heló el corazón. Seguí subiendo por el torso del cirujano y me di cuenta que el azul de sus pantalones no era tal en esa zona. Manchas de sangre bañaban esa parte y todo cobró sentido cuando al llegar al rostro pude observar que brotaban lágrimas de sus ojos y una sombra se dejaba caer de sus pómulos. No pude aguantar más y me incorporé como pude, derrotado y abatido. El cirujano al observarme negó tristemente con la cabeza, anunciándome lo que nunca imaginé que llegaría a ocurrir, abriendo en mi alma un agujero imposible ya de reparar. Y dicho agujero negro creció y creció hasta hacerse dueño incluso de mi visión y mi sentir…

 

 

Lo que parecían gritos lejanos comenzaron a coger fuerza y a reconocer el sonido de aquella voz.

Mi cabeza estaba apoyada contra el volante fuertemente y un dolor agudo en mi frente recorría mis sentidos. Alguien comenzó a zarandearme y a gritarme, y poco a poco desperté de aquel aturdimiento que parecieron horas y que realmente fueron algunos minutos.

Lentamente me separé del volante y me fijé en quien me intentaba hablar. Era ella, asustada, pero intacta y tan bella como siempre. Tras ese aturdimiento inicial, conseguí reponerme. Ella no pudo entenderlo, pero comencé a sonreir y a abrazarla contra mí. Ella me repetía una y otra vez que ya todo había pasado, que estábamos a salvo.

Al abalanzarse aquel coche sobre nosotros y cegarme con sus focos, conseguí esquivarlo y el quitamiedos nos paró bruscamente, haciendo que yo me golpease contra el volante y perdiese la conciencia temporalmente. Me contó que el otro coche se dio a la fuga, pero que todo pasó demasiado rápido y que ya todo se había acabado. Asi que todos esos pensamientos únicamente fueron generados por mi mente mientras estuve inconsciente. Mientras me lo contaba yo no la soltaba y me hubiese quedado así el resto de la eternidad. La luz de la niña de mis ojos seguía intacta y todo se quedó en una horrible pesadilla.

Y ella siguió animándome y explicándome lo que había sucedido, pero seguimos abrazados el uno del otro y a través de la ventana del coche, pude ver en lo alto del cielo cómo una de las estrellas fugaces se deslizaba en la noche, dejándome pedir un deseo que a día de hoy sigo disfrutando…que la Luz de mi vida no se apague nunca y me acompañe para siempre…

 

 

 

David Campos Sacedón