MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Más allá



Más allá

 

Un día, después de un sueño inquieto, se despertó convertido en un ser extraño, había pasado varios días encerrado en una habitación que no era la suya. No estaba atrapado, simplemente no deseaba salir, nada le impulsaba a hacerlo. No sentía hambre, ni sed…

No sentía nada. Pronto perdió la noción del tiempo, podían haber pasado meses, días, horas o incluso minutos. Pasaba los ratos muertos observando su nuevo entorno. Se hallaba en una habitación circular y de techos altos. Las paredes y los muros eran de piedra. No había ventanas, no había muebles, no había nada, nada salvo un espejo de cuerpo entero, con un precioso marco de madera. Se miraba en él todo el tiempo, no es que fuera un chico vanidoso, simplemente encontraba fascinante el cambio progresivo de su figura. Había pasado de ser un chico normal, de la media, ni muy alto, ni muy bajo, ni muy pálido, ni muy moreno y que no destacaba en nada, a…. esto.

Al principio sólo fue el pelo, luego el cuerpo, la piel… Ahora tenía un aspecto extraño, sobrenatural e intrigante, pero, aún así, atrayente y hermoso en todos sus aspectos. Su pelo rubio oscuro, comparable a la arena del desierto, formaba ahora una densa y delicada cortina sobre su frente y alrededor de su rostro. Su piel había pasado a ser blanco como la cal y con un siniestro y leve resplandor emanando de cada uno de sus poros. Pero lo más turbador eran sus alas. Dos protuberancias grises y apagadas salían desde sus hombros, cayendo sin vida a lo largo de su espalda hasta rozar el suelo. No eran normales, era como si todas las plumas les hubiesen sido arrebatadas, como si estuvieran incompletas… les faltaba algo. Estos cambios le confundían y le asustaban. Solo conservaba la certeza de que seguía siendo él, Noah, por sus ojos. Aquellos ojos azules, profundos, indomables y salvajes como el mar seguían presentes en su rostro, reconfortándole.

Cuando por fin aceptó su metamorfosis, una puerta apreció de la nada en la tenebrosa habitación. Se podía apreciar la brillante luz al otro lado. Noah dudó un momento y se mordió el labio inferior, pero por fin se acercó a la puerta, tomó el pomo con decisión entre sus dedos y la abrió. Al comienzo, la enorme luz le cegó, pero sus ojos pronto se acostumbraron a la luminosidad. Ante él apareció un hermoso prado. Una suave brisa fresca traía olores suaves e indescifrables y acariciaba el césped, provocando que ondulara a su compás. El verde manto que cubría el suelo estaba a su vez moteado por pequeñas flores silvestres de todos los colores. Rojas, azules, blancas, amarillas, violetas… Noah se quedó fascinado al ver tanta hermosura, pero no se sintió completo hasta que no la vio. Allí estaba, perfecta, radiante. Su pelo negro como el ala de cuervo formaba una suave nube en torno a sus delicadas facciones y caía por su espalda como si de una cascada se tratara. Sus labios eran más carnosos que nunca y su piel estaba tan pálida como la de él, pero por fortuna ella también conservaba los maravillosos ojos verdes como esmeraldas a los que Noah se asomó una vez, hace lo que parecía una eternidad, y de los que no puedo escapar. Había caído en sus redes hacía ya mucho tiempo. Para él, ella seguía siendo Rachel, la mujer de la que se había enamorado. Los dos jóvenes corrieron hacia su ansiado reencuentro. Se fundieron en un cálido abrazo que reconfortó infinitamente a ambos. Sus corazones volvían a latir en sincronía. Rachel acarició suavemente las alas de Noah con los delicados dedos, enroscándolos en las nuevas plumas que las cubrían. Eran plumas blancas y perfectas, como las suyas. Se miraron una vez más y sintieron que ya nada más importaba.

Ni siquiera el motivo por el que se hallaban en este lugar, aunque ambos lo recordaban perfectamente. Aquel horrible accidente, que habían sufrido quedaría grabado a fuego en sus memorias, pero sabían que ambos serían más felices si trataban de olvidarlos. Si trataban de olvidar el coche, dando vueltas. El coche, chocando. El coche, cayendo al vacío… Un camión se había desviado de su carril y la carga que llevaba en la parte posterior impactó contra el parabrisas de su coche, dejando a Noah inconsciente, mientras que Rachel aún veía como el coche daba vueltas, la desorientaba y por fin, caía. Ella murió al instante. En ese preciso instante Noah comprendió por qué había tardado tanto en reunirse con su amada. Él había estado librando una batalla contra la muerte, había estado luchando por su vida y… había perdido. No le dio la más mínima importancia, no habría querido vivir en un mundo sin Rachel, hubiera sido demasiado difícil de soportar, probablemente Noah habría terminado fallando, renunciando….  Ella alzó su mano y la colocó sobre la mejilla de Noah. Él apoyó su cara sobre esta y cerró los ojos, disfrutando del momento. Cuando los abrió de nuevo se encontró con los ojos de Rachel y con su sonrisa. Su sonrisa. Cuánto la había echado de menos. En ese momento tuvo la certeza de que todo iba a ir bien. Acercaron sus rostros el uno al otro y se besaron una vez más, pero fue diferente porque sintieron que no solo sus cuerpos entraban en contacto, sino también sus almas y este era un contacto incomparable.

-Te he echado de menos –susurró Rachel, con su voz suave y musical. Dulce como la miel. -Yo también –respondió Noah. Su voz era cálida y acogedora y esto siempre hacía sentir bien a Rachel. Se tomaron de la mano y alzaron sus alas majestuosamente. Las batieron una, dos, tres veces y se elevaron hacia el horizonte, sintiendo el aire acariciando sus rostros.

Juntos por fin.

 

David Campos Sacedón