MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Mensaje en botella



Un mensaje en botella

 

“La envidia es la religión de los miserables”.

 

Sobre la arena de la playa el muchacho languidecía en su cansancio. Incluso en la oscuridad de sus ojos cerrados, la luz del sol penetraba en ellos. Hacía un calor intenso, aunque la liviana brisa de aquella tarde aliviaba el sofoco de aquel sol infernal. Consiguió levantar el brazo y colocar la mano sobre sus ojos, para poder abrirlos levemente sin quedar cegado, a la vez que se incorporó para poder observar mejor su alrededor. Mientras que sus ojos conseguían abrirse milimétricamente, sus dedos se separaban para poder dejar espacio a sus pupilas, la cuales, pudieron alcanzar a observar la blanca arena que lo rodeaba y el destello del sol sobre las aguas de aquel mar impertérrito. Poco a poco sus oídos comenzaron a tomar vida y el dulce romper de las olas en la orilla hacían notar su elegante presencia, tan relajante como desconcertante para aquel muchacho. Giró la cabeza, y a la vez que conseguía abrir algo más sus abatidos ojos, pudo vislumbrar que se encontraba en una especie de isla.

Es lo primero que se le vino a la cabeza tras ver tanta palmera a sus espaldas y aquel silencio casi fantasmal. No sabía donde se encontraba, ni por qué estaba ahí, sólo era capaz de notar la debilidad que lo envolvía y el desconcierto de la situación, que por su rareza parecía que sería un breve sueño del cual despertaría antes o después.

Inmiscuido en esa sensación de extrañeza, el muchacho consiguió reincorporarse, como el anciano que se apoya en su bastón para poder erguirse. Apenas mantenía cierta lucidez, lo que provocaba que no pudiera analizar lo que realmente le estaba sucediendo y el lugar que le rodeaba. Su boca parecía las grietas del río muerto, el cual llevaba años sin recibir ni un ligero suspiro de agua. El tragar le mataba, su garganta astillada parecía quebrarse como la madera seca. Poco a poco, arrastrándose consiguió llegar a la sombra de unas palmeras, cuyas formas encorvadas hacía que el agua lamiera sus hojas más lejanas. De repente, su atención se centró en un destello cegador sin igual, tanto que molestaba mirarlo directamente; era una pequeña botella que moría en la arena a la vez que sus paredes golpeaban los colgajos de madera de una de las palmeras. El muchacho comenzó a arrastrarse hacia ella, parecía una eternidad cada paso, aunque ciertamente aliviado por las sombras del resto de las palmeras. Cuando llegó, pudo observar mas detalles de aquella botella, su forma cuadrada y de baja altura, su traslucidez había desaparecido por los golpes y la humedad que había en su interior, el tapón era un trozo metálico que envolvía su entrada y cuello. Todos los detalles de esa botella se hicieron más claros cuando la tuvo entre sus manos, la cual parecía que pesaba una tonelada. Pudo observar que su interior estaba vacío, pero en uno de los laterales había una inscripción que le resultó familiar. Al leerla todo cobró cierto sentido, y fue consciente que no acababa de llegar a ese lugar, sino que llevaba meses compartiendo su soledad con aquel trozo de tierra en quién sabe dónde.

La botella se deslizó entre sus dedos, sin compasión, todo daba igual, y únicamente las imágenes del pasado y el pañuelo de Lucy eran las únicas compañeras de viaje desde aquel trágico accidente.

De repente, a lo lejos, pudo escucharse el zumbido de unas sirenas, graves y huecas, las cuales fueron capaces de librar batalla con sus lágrimas y dotar de ese último aliento a las desfallecidas piernas del muchacho. Gastando las últimas gotas de energía que fluían por su organismo, se fue arrastrando hasta la orilla y agitar los brazos. Durante aquellos segundos la imagen de Lucy invadía su mente, haciendo que su recuerdo animara a su corazón a dar un último empujón. A los pocos instantes se derrumbó como el soldado que aguanta en el campo de batalla las embestidas del enemigo, haciendo caso omiso al dolor que recorre su piel, dándolo todo, vendiendo cara su vida. El mar lamía su cabellera, los rayos del sol bañaban todo su cuerpo en oro y un grupo de aves giraba a su alrededor como si estuvieran despidiéndose de él.

En ese grado de semiinconsciencia los besos de Lucy mantenían ese hilo de luz en su mente. Su sonrisa, su tacto, su aroma, su sabor estaban presentes como si estuviera arropándole en ese mismo instante. Era tan fácil recordarla que la evocación de la imagen de Lucy fue capaz de dibujar una leve sonrisa en el rostro del maltrecho chico.

“Te quiero…” dijo, y la oscuridad se hizo plena en su conciencia.

 

 

Cogió aire lentamente mientras abría los ojos y pudo ver la punta de sus zapatos. Era otoño y la tarde nos presentaba la noche que se venía encima. El muchacho alzó vágamente la mirada hacia el horizonte sin ganas de llegar rápido al objetivo que buscaba. Fue observando la tierra del camino casi grano a grano mientras el nerviosismo intentaba dejarse ver en la punta de sus dedos.

Al final del camino estaba la casa de Lucy, intacta y tan soñada. Hacía ya 14 meses desde la última vez que estuvo dentro de aquellas paredes que observaba a lo lejos. Parece poco tiempo, pero el suficiente para que el olvido sea la firma de tu presencia en la mente de la gente. Parecieron siglos aquellos instantes observando aquellas cuatro paredes hasta que echó a andar.

Al llegar allí cerró los ojos y era capaz de oír las risas de Lucy meses atrás, sus abrazos, sus “te quieros”. Inevitablemente las dichosas lágrimas hicieron acto de presencia a la vez que volvió a levantar los párpados y a tomar conciencia de que las risas de Lucy brotaban del interior.

El chico, a paso lento, se acercó a la ventana más cercana y observó el interior. Difusamente pudo captar aquellas fastuosas imágenes, pero lo suficientemente claras para entenderlo todo. Lucy compartía risas y caricias con alguien que el muchacho no fue capaz de reconocer, pero tampoco quiso hacer empeño en ello. Todo era cierto. Las noticias que obtuvo en el hospital se corroboraban en ese mismo instante, y sólo quiso confirmarlo con hechos.

“Ha sido mucho tiempo…lo entiendo…”, se dijo para sí mismo. La amargura lo sepultó debajo de la ventana, apoyándose ligeramente en el suelo con la mano para evitar caer totalmente, y todo ello, acompañado de aquella dulce voz que se suspendía en el aire, aquella dulce melodía que nacía del interior de Lucy. El sabor de sus labios seguían fluyendo por los labios del muchacho y sus ojos se diluían entre el espesor de las lágrimas. Cuántos momentos pasaron juntos, cuántas promesas, cuántos sueños por cumplirse…pero todo se perdió.

En esos momentos de muerte virtual, recordó su paso por la Isla, sabiendo que Lucy fue realmente su única compañía, la que en ese largo año abandonado a la suerte le mantuvo con la suficiente ilusión para luchar. Pero el tiempo es implacable, y hasta los corazones más tibios notan el paso de los segundos y de la soledad.

El muchacho volvió a cerrar los ojos y cogiendo aire intentó agarrarse con una mano al reborde del ventanal. Después de varios intentos y titubeos consiguió asirse a un saliente y levantarse como si fuera la última vez que lo lograría. Parecía que el tiempo llorase también por aquella pérdida y comenzó a descargar tímidamente gotas de agua sobre aquellas tierras a la vez que el viento se animaba a juguetear con los árboles. Los gotas corrían contra la gravedad en los pómulos del chico, su cabellera se mecía al son del tiempo y su ropa bailaba como queriendo escapar de aquella escena. Por última vez observó a través de la ventana a la vez que una desdibujada sonrisa apareció en su rostro. La congoja recorrió todo su cuerpo, desde la punta de los pies para acumularse en su garganta, y sus manos se cerraron con fuerza en la húmeda madera para no perder el equilibrio. La tormenta se cerraba alrededor y las pequeñas gotas pronto aceleraron su caída e intensidad. Ya no se oía nada en el interior, la voz de Lucy de perdía entre el zumbido de los árboles y el roce de su ropa al viento.

Intentando no perder de nuevo el equilibrio e intentando recoger el último aliento de racionalidad, el muchacho deslizó su mano en el bolsillo para sacar aquel pañuelo que siempre llevaba consigo desde que años atrás conociese a Lucy. El paso del tiempo, las desdichas de la estancia en aquella Isla y los vaivenes de la vida habían pasado factura en aquel trozo de tela. Aún así, su imagen mostraba la delicadeza y dulzura de Lucy. El muchacho lo estrechó y lo llevó a su nariz para inhalar aquel aroma tan característico que resistía viento y marea, mientras de deslizaba entre sus dedos y el viento se apoderaba de él.

Como en la escena final de una película, el muchacho volvió por sus pasos y su silueta se perdía entre la oscuridad y la cerrada lluvia, llevándose como compañeros el recuerdo y la felicidad de haber compartido aquellos años con Lucy, con el frío pensamiento de que ella debía ser feliz y aquello terminó, aunque jamás, jamás la olvidará, porque Lucy fue quien le salvó la vida en aquella isla, fue quien sin quererlo mantuvo la ilusión por seguir viviendo…

 

 


 

 

David Campos Sacedón