MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Mi último amanecer



Mi último amanecer

 

 "Mi padre y yo solíamos ir a pasear por la montaña en los amaneceres de primavera, cuando el sol tarda en despertar, mostrándose, de pronto, a un lado de la carretera”

 Pero aquel día no era primavera. Me desperté envuelto en sudor en medio de la noche y oí a un pájaro golpearse contra la ventana. No llegué a verlo,  me lo imaginé negro en medio de la  noche. Fue más tarde, mucho más tarde cuando encontré su cuerpo ya sin color. El aire era caliente, las sábanas  estaban  húmedas y yo estaba esperando. 

Esperando sus pasos silenciosos, cada ruido, cada movimiento de la casa me despertaba. Pero siempre era ella, mi madre,  la que se movía antes del amanecer. Sabía que recorría la casa, sintiéndose dueña absoluta, cuando él dormía, al otro lado de su cama. Caminaba descalza. Yo contenía la respiración, mientras me llegaban los sonidos  de la puerta del cuarto de baño, al abrirse y cerrarse, de la cocina; los grifos, el del vaso posándose en el fregadero. Debí de quedarme dormido, sin dejar de oír sus pasos adentrándose en mis sueños. 

Él nunca entraba a verme, sin embargo aquella noche entró. 

​Por la mañana me desperté al oírle andar con paso firme pero ligero. Llamó con los nudillos en  la puerta de mi dormitorio. Yo solía contestar con la voz aún de  sueños y luego le oía alejarse hacia la cocina, esperando a que me cambiase, desayunara algo y fuésemos a nuestra tradicional caminata; pero ese amanecer, casi mañana, sin escuchar mi respuesta, entró. Me quedé inmóvil, con los ojos cerrados, esperando que me dijera algo. Debió de contemplarme en silencio  durante unos instantes y sentí su mirada a través de mi cuerpo cubierto por la sábana. No me dijo nada, salió y  nos encontramos en la cocina. Me vestí rápido. Me puse pantalones cortos.  Deseaba salir en seguida. Él nunca lo supo, pero me gustaba pensar que el hecho de levantarme e ir juntos, le hacía sentirse orgulloso de mí. Durante mucho tiempo pensé en lo  que  le hubiera gustado decirme y no me dijo.


Miramos los dos al cielo. Sabíamos que el sol aparecería en el momento y donde tendría que aparecer. Salimos de la casa, montamos en el coche e iniciamos la marcha. Observé que antes de arrancar le costaba ajustarse los cordones de aquellas viejas zapatillas, todas esas zapatillas que yo olvidaba y él aprovechaba hasta que no podían denominarse como tal. Me mandó sentar en el asiento delantero, como siempre, a su lado.  No me di cuenta hasta mucho después, -cuando tuve que reconstruir una y otra vez todo lo que sucedió aquel día, para conservarlo intacto-, que no me había dejado ver qué más había en el maletero. 

 Entra en el coche, me dijo, y yo me recosté, a gusto, entrando en calor. 

Mientras conducía me gustaba mirarlo y sentir su olor. No olía a colonia, ojalá hubiera olido, la hubiera buscado por todas partes. Era un olor a piel morena, a piel al sol, a luz, a calor.

Me extrañó que condujera callado, cuando normalmente iba hablándome de cualquier cosa para que no me durmiera, para que aprendiera a ser un buen copiloto. Yo le miraba de reojo la arruga que acaba de descubrirle  junto a los labios. Después, al recordarlo,  me imaginé que allí, en aquel pliegue, había dejado prendidas todas las palabras que tenía que haberme dicho y no me dijo. No hubo canciones, ni confidencias,  tampoco le conté nada, como en otros días de pesca, sólo canturreé alguna canción sin que él me acompañara. 

Por fin, detrás de una curva vimos la explanada de siempre. Aún era de noche. 

Al salir él no comenzó a caminar rápido como de costumbre, simplemente se quedó mirando a cada lado de la montaña, como nervioso. A los pocos segundos se         quedó  mirando al horizonte, aún oscuro. Caminamos juntos, mirando hacia delante. Vi su cara, sin palabras, llena de pensamientos, cada vez crecían más sus gestos, donde depositaba el silencio. Ese silencio que se llevó lejos. 

Aquel día no me aproximé a él. Tuve miedo de que le dijera algo que no le gustara, de que mirara el reloj y moviera el aire tibio, de que me dijera ya está, como otros días, vámonos, se nos hace tarde.  Tal vez nos  quedamos más rato del normal, allí sentados, hasta que el sol salió del todo y ya no había más secretos. O quizá lo recuerdo así. 

Algo tendría que decirte, me dijo de pronto y luego se calló de nuevo.

Aquella frase se me ha quedado gastada de tanto recordarla, aunque  tal vez se quedó en mi memoria, mutilada, rota, quizá no la dijera nunca, o fue otra frase. O tal vez no llegó a decir nada. 

Todavía era muy de mañana cuando llegamos a un mirador natural que daba a un pequeño lago. Había una pareja con el cuerpo mojado, se les notaba alegres y enamorados. Me fijé en las gotas de sus cuerpos que el sol hacía  brillar. La visión de aquellas dos personas, ajenas a nosotros, me produjo un escalofrío, como cuando uno se acerca a algo que desconoce y a la vez le atrae. 

Él   los observó mucho tiempo, sin decir nada. Su cara se  apagó, como si contemplara una escena triste. Pero de pronto, sonrió cuando empezaron a recoger sus cosas. Los hemos echado me dijo en susurro. Pensé que quería estar a solas conmigo. Yo no dejaba de mirarle  y él de mirar más allá, a través  de alguna ventana abierta en el paisaje. 

Estamos  solos,  me dijo con una mirada brillante, cuando se marcharon. La voz le sonó ronca.

No descansamos como otros días, para comer un bocadillo. Esta vez debió de olvidarse hacerlos, o no quiso. No le dije que quería comer o tal vez ni lo deseara. Fue ya algo tarde, cuando el sol hacía rato que había dejado de estar en lo alto cuando empezó a recoger, diciéndome que nos íbamos a comer. Tampoco me di cuenta hasta mucho más tarde, cuando todo había pasado, de que de nuevo me impidió acercarme al maletero. 

Paramos a comer en un restaurante cercano, al otro lado del río. Allí habíamos  estado otras veces para que él tomara café o una cerveza. 

Aquel día, mientras comíamos,  me miró mucho y me acarició la mano, poniéndose cada vez más serio. Apenas comió, yo sí, tenía hambre y me concentré en la trucha, que iba cortando, plateada, casi viva. La imaginé nadando por el río, y me pregunté  cómo se habría dejado pescar. La fui abriendo despacio, como si dentro escondiera algún secreto. Separé, como él me había enseñado, la raspa de la carne rosa, rosa asalmonada, y de la piel crujiente. Fue la última trucha que comí en mi vida. 

Él pidió dos cervezas, casi seguidas;  nunca me olvidé del ruido que hacía el roce del vaso con la madera de la mesa. Bebía despacio, muy pensativo, sin dejar de mirarme y sin dejar de acariciarme la mano y la mejilla, con el revés de la suya.

Al beber, sus ojos se le iban encendiendo y yo sentía la comida revolviéndose en mi estómago. Casi se volvió a hacer de noche allí, y con ella unas ligeras gotas de lluvia. Él haciendo ruido con el vaso, y yo con ganas de vomitar todo lo que se deslizaba a través de todo  mi cuerpo. 

Luego todo pasó deprisa. Regresamos por otro camino distinto al de otras veces. Cuando llegamos a una estación desconocida bajó del coche, sacó un billete, solo uno, para  el autocar que me llevaría  a casa. Me ayudó a subir en el autobús y me besó en las dos mejillas, apretándome contra él.

Hijo, me dijo, algún día iré a buscarte. No dejes que tu madre…, no continuó la frase.  Le vi alejándose, mientras  le miraba por la ventanilla…o tal vez no pude verle  porque la lluvia me lo impidiera".     

 



David Campos Sacedón