MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Mi mundo y yo

 



MI MUNDO Y YO, Y LO QUE QUEDAMOS DE ELLO...

Un día más me mecía y mecía en el diván, cara a la alcoba que daba acceso a la Calle Pedro Losal, o Pedro no se qué, en pleno centro de la ciudad. “Si hubiese que contar las horas que pasaba allí podrían salir números escandalosos”, me solía decir para mis adentros. Hoy debería dar un paseo. Me reconforta, me ayuda a recordar años bonitos de mi vida. Reconozco que cada vez me cuesta más traer esos episodios felices, aunque cuando lo consigo es como vivirlos de nuevo.

Últimamente estoy empezando a desorientarme, a tener vacíos. Siempre he sido muy despistado, como casi toda mi familia, pero esto es otra cosa. Algo desaparece dentro de mi cabeza de súbito, sin avisar. Luego vuelve y ya está. No hago más que pensar en el dichoso alzhéimer, sin contar las incontables enfermedades que están haciendo estragos en gente de mí alrededor. Maldita suerte. A veces me mareo, como si fuera a perder el equilibrio. Pero no me he llegado a caer. Puede que sean tonterías, aprensiones, manías de hombre de mediana edad con mucho tiempo libre. Desde luego no es estrés, como le encanta decir a todo el mundo. Veremos.

Esta plaza tranquila y soleada me suena. Sus árboles diferentes, el monumento a un escritor conocido y además de mi pueblo. ¿De qué lo conozco?, me gusta. Escojo un banco cercano bordeado por uno de sus lados por setos y flores. Muy a mano tengo mi móvil, por si tengo que hacer una llamada urgente. Nunca se sabe. He olvidado mi propio número, pero realmente ¿eso para que importa?. No sé muy bien qué hago aquí, pero tampoco quiero ir a ningún otro lugar. Me derrumbo en el banco sin mirar a un chico de aspecto extranjero sentado en el otro extremo. No le digo ni hola y enciendo un cigarrillo. Con aire autosuficiente, saco de mi mochila un trozo de papel, lo arrugo a modo de cenicero y lo coloco en el asiento, a mi lado. Percibo que el muchacho me mira con curiosidad, pero me importa un bledo. Aquí y ahora estoy sentado en un banco al sol y punto. Miro a mi vecino de asiento. Unos ojos francos, pro - fundos, me observan con amabilidad bajo una onda de pelo oscuro. Apago el cigarrillo y le ofrezco el paquete abierto. Sonríe negando con la cabeza. “Gracias, no fumo”, me dice con un acento que no puedo identificar. No parece árabe, ni europeo y ni…no sé la verdad. Me han venido imágenes fugaces de mi época de estudiante, con tanto libro, ¿y ahora qué?, maldigo. Desde luego no es chino, africano ni latino. Pero me resisto a pensar que sea estadounidense por su atuendo sencillo, incluso elegante. Vaqueros desgastados, camiseta blanca, chaqueta y zapato negro. “¿Canadá?”, le pregunto como un bobo, articulando mucho. Vuelve a negar. “¿Australia?”, sigo en mis trece. “No, yo de Krypton”, me contesta con rotundidad y perfecta claridad. Otro que me quiere tomar el pelo. Pero no importa, acabo de decidir que este es el primer momento del resto de mi vida. Me giro hacia él cruzando las piernas y enciendo otro cigarrillo. “No serás Superman...”, le pregunto con ironía y altivez. De nuevo una sonrisa estupenda. “Sí”, dice, “soy Superman”, ahora sin acento ninguno. “¿Y qué haces aquí?”, espero por si 6 7 cabeza vacía, cabeza vacía 8 9 alguien me necesita, contesta en voz baja. Sigo mirándolo y el cigarrillo me abrasa los dedos. Doy un pequeño grito, lo tiro y me acerco la mano a la boca. Él dice “disculpa”, me coge por la muñeca y roza mis dedos con suavidad. El escozor desaparece. Bueno, tampoco me había quema - do mucho. Para no perder el control de la situación, sigo preguntándole: “Entonces te llamarás Clark Kent”, aquí en la Tierra. Me mira como con reconocimiento. “Clark Kent”, sí. “Y eres periodista”, ríe abiertamente: “eso fue hace tiempo, al principio”. Los árboles de la plaza han empezado a moverse, las hojas susurran entre ellas. Se está levantando viento. Él se sube las solapas de la chaqueta y continúa, más serio: “El Sunday Planet ya no existe, Lois tampoco”. Me sale la vena cruel: “Pues tú estás de lo más lozano; si fueras Clark Kent ya tendrías que estar muerto o casi”. Me mira como por primera vez: “Pero tú no sabes, los superhéroes...” Ahora río yo: “Sí, lo sé, pero vamos...” Me remuevo incómodo, de pronto el banco es duro y estrecho. La verdad es que no sé qué hacer, si seguir con la broma o marcharme a casa ahora mismo. Dice, “no te vayas aún y me quedo quieto, estupefac – to”. Vuelve a sonreír: “Seguro que te podré demostrar que soy Superman”. No sé qué decir. Me quedo callado, pero él no parece sentirse molesto. Tan normal, tan relajado, con la oscura onda sobre la frente, las solapas alzadas, las manos en los bolsillos, pies cruzados. Cabeza vacía 10 .Me fijo en los impecables zapatos de piel negra. Pienso que Superman no llevaría esos zapatos. Me mira de reojo: “los he comprado esta mañana en una tienda secreta”, musita. El interior de mi cabeza comienza a girar. Casi desesperado, se me ocurre que a lo mejor Superman puede curar enfermedades (si los vacíos de mi cabeza son una enfermedad). No creo que se moleste si le pregunto. Mira que si me cura... Y ahora es mi corazón el que galopa. Sigue haciendo viento, pero no es desagradable. El sol calienta con suavidad. La plaza no está muy concurrida, aún no han salido los niños del colegio. Me acelero de nuevo: van a llegar los niños. ¿Lo conocerán cuando lo vean? Con lo listos que son, sabrán que es Superman. Imagino una escena maravillosa, muchos niños boquiabiertos rodeando nuestro banco. En ese momento, tras los edificios de enfrente se oye un gran estallido, y segundos después el alboroto de sirenas; cómo me recuerda a mi época de profesor en el Instituto. Antes de que me quiera dar cuenta, mi nuevo amigo se ha incorporado y ha corrido a la cabina telefónica. Se mete en ella y cierra la puerta. “¿A quién llamará?”, pienso tontamente. “¿A quién conocerá Superman en Madrid?, ¿quién sabrá su verdadera identidad?” Yo, descubro con mi orgullo típico, “me conoce a mí”. Y despacio, como a oleadas, me va invadiendo la ilusión. La ilusión perdida. Al cabo de un rato, me levanto y me acerco a la cabina. Tras los anuncios pegados a los cristales, parece vacía. Abro la puerta. Sí, está vacía. Pero yo lo he visto entrar. Yo he hablado con él. Yo... A punto de volver el terrible vértigo, me apoyo sobre el teléfono. Intento cerrar los ojos y descubro en el suelo un reluciente zapato de cuero negro. Lo levanto con cuidado y lo introduzco en mi mochila. 

Ya más tranquilo me dirijo hacia mi casa. Ahora recuerdo perfectamente el camino. “Espero que no crea que voy a revelar ningún secreto Superman; este será nuestro secreto”…

 



"Maldito Alzheimer. Maldito"


David Campos Sacedón