MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Náufrago


NÁUFRAGO

 

No noté nada, nada había a mi alrededor, el silencio era absoluto, casi se me había olvidado dónde estaba. En ese estado, que para mí fue una eternidad, en el exterior apenas habían sido unos segundos. La gente cruzaba a mí alrededor como si yo no existiera, con la facilidad que se tiene para esquivar una piedra en el camino del caminante. Las puertas del metro se abrieron delante de mí, y prácticamente con los roces y pequeños golpes del gentío mi cuerpo fue introducido en el vagón. Parecía una gota de agua arrastrada por la corriente en un desagüe. Miré alrededor y durante unos segundos me dediqué a analizar algunas caras que me llaman la atención. Suelo hacerlo para olvidar. Las estaciones pasaban y pasaban hasta llegar a mi destino. Los pasillos del suburbano son como un gran teatro, donde todos somos personajes principales, donde te encuentras historias intensas pero muy cortas, tan cortas como lo que tarda alguien en cruzarte. El mendigo en la ruleta rusa de la vida, ¿qué le tocara hoy?, el músico que te anima durante unos segundos, pero que el olvido a día de hoy es uno de sus mejores amigos, el señor hecho un pincel, con su traje negro y maletín de cuero, pelo engominado y aura de poderío, el estudiante que huye del mundanal mundo con su mp3, y así decenas de aventuras que se montaban en mi mente.

Aquel día me fue un día desconcertante, de esos que te planteas tu existencia, tu pasado, qué te deparará el futuro, cómo te gustaría que fuese, cómo te están yendo las cosas a día de hoy.

Recuerdo que ese día había quedado con María, mi novia. Llevábamos compartiendo nuestras vidas durante cuatro años. A veces se acercaba a por mí al trabajo, aunque es cierto que no siempre podía, más sabiendo que trabajaba de noche y solía salir a las cinco de la madrugada.

La noche se hacía larga, el trabajo era intenso y no paraba de venir gente al pub. El olor a noche lo llevaba impregnado en los huesos y el alcohol se había convertido últimamente en mi ángel de la guarda. Las horas pasaban, e intenté esquivar la  mirada del reloj, pero reconozco que en noches así es casi imposible, sólo quería escaparme, saborear los abrazos de María y huir de aquel lugar. La noche siguió su curso, y mi desesperación no era normal en esa noche. Tantos pensamientos negativos estaban haciendo mella en mí y casi podía notar los pálpitos de mi corazón, mientras un sudor frío recorría mi nuca. Por momentos parecía que incluso perdía la conciencia de la situación y mis compañeros me iban preguntando si me encontraba bien. Tras unos momentos de titubeos, me retiré al baño y remojé mi cara para intentar despertar de ese mal trago. Me miré al espejo e intenté sacudirme un poco la presión. Parecía que llevase toda la noche trabajando y únicamente eran las tres de la madrugada. Carlos, mi jefe, me atrapó antes de regresar a la barra y me dijo que me fuera a casa. Me preguntó si ocurría algo, si todo iba bien, que por favor dejase de beber porque me estaba matando con lo joven que era. Le dediqué una pequeña sonrisa y le devolví el interés con un, “gracias Carlos, todo va bien…”, y al girarme, Carlos tiró del lazo que mantenía mi pequeño mandil y me dijo, “por favor…”. Increíblemente mi cabezonería, sello personal, cedió casi de forma instantánea. Sin despedirme de mis compañeros y golpeándome con la gente que me encontraba a mi paso, conseguí salir del local. Al menos, la calidez de la noche me abrigó y en mitad de la calle, como una farola apagada, saqué el móvil y observé que no tenía ningún mensaje ni llamada de María, ni de nadie más. Cerré los ojos y mis peores pesadillas volvieron a flotar en mi mente, aunque consiguieron aplacarlas las sirenas de un coche de policía que cruzó a toda velocidad y se perdía en la noche. Guardé el móvil y anduve durante cinco minutos hasta una calle cercana para coger un taxi. Le di las indicaciones a aquel desconocido y dejé caer mi cabeza hacia un lado del sillón de aquel viejo Seat Toledo, a la vez que dejé que mis ojos pudieran recoger el pasar de luces y sombras hasta el final. Un nudo en el estómago viajó conmigo y mis prisas por llegar se hacían patentes en el sudor de mis manos. Pagué sin esperar a recoger el cambio y encaré el pequeño jardín de la entrada al edificio, saqué las llaves con prisas y afronté las escaleras. Mientras subía, María ocupaba todos mis sentidos, no había nada más dentro de mí sino ella y una pequeña sonrisa irónica apareció en mi rostro. De repente, me paré en el rellano del portal mientras saboreaba las imágenes del recuerdo, aquellas despedidas entre risas y besos, entre miradas de confianza y bromas, entre “te quieros…” y “ya te echo de menos…”. Durante segundos dudé si abrir la puerta o llamar al timbre; temía encontrarme algo del pasado que intentaba olvidar. Me acerqué a la puerta cerrando los ojos y abriendo mi corazón y casi al instante la puerta se abrió, y no quise volver a abrir los ojos. María estaba al otro lado entre la penumbra. Parecía surgida de mis propios sueños. Su olor me abrazó a la vez que me apuñalaba. Dejándome llevar, volví a abrir los ojos para observar aquel risueño semblante entre lágrimas. Al fondo del pasillo se intuía la luz del salón y sabía que alguien más estaba ahí. Mis lágrimas recorrían mis pómulos al igual que las de María. Hasta en eso nos parecíamos. Ambos sabíamos que sobraban las palabras, que todo estaba dicho y mis peores augurios eran ciertos, aunque ella lo negara día tras día. Eché un vistazo al cuadro que acompañaba una de las paredes, éramos ella y yo el día que nos conocimos. “Cómo ha cambiado todo tanto…” me dije, mientras uno de mis dedos rozaba el fino cristal que cubría aquella estampa. María, entre lágrimas, se apoyó en la pared y se dejó caer. “¿Dónde estas María…?”, susurré cerrando los ojos y liberando un puñado de lágrimas más. Mi rabia cedió ante mi amargura y casi sin saberlo, me acerqué a María, me arrodillé a su lado cogiendo su cara entre mis manos y la besé por última vez, mientras nuestras lágrimas se fundían en aquella desdicha penumbra. Al separar nuestros labios, ella hizo un intento de hablar, pero lo aplaqué suavemente con uno de mis dedos. Me levanté lentamente y retrocedí unos pasos hacia la entrada y antes de salir de allí, me desabroché la cadena que llevaba nuestros nombres grabados después de tanto tiempo y la dejé reposar en el suelo. María, entre sollozos, alargó su mano hacia mí, pero yo ya desaparecía entre las grises escaleras bañadas por la luz de la luna. Salí de aquel lugar y justo antes de desaparecer por una de las perdidas calles de Madrid, volví a girarme y observar la ventana que tantos días me dejó observar la ciudad. Aquella estampa la tengo grabada en mi corazón.

Y como si la noche llorase por mí y e intentando ocultarme y llevarme con ella a cualquier sitio, mi soledad y yo nos dimos la mano, y sin oponer resistencia me llevó a tirones por aquellas callejuelas, donde a día de hoy, continúo recorriendo a su lado.

 

David Campos Sacedón