MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Recuérdame



Recuérdame

 

Me pongo el casco y las gafas de sol en medio de aquel desierto. Monto en mi Harley, que con una sola “patada” se pone a rugir. Una camiseta desgastada y unos antiguos vaqueros rotos son lo que me protege del viento y el tremendo calor. Es todo lo que me queda aparte de un par de litros de gasolina en el depósito.

Aprieto el puño y hago que los últimos alientos de fuerza de aquel viejo motor me lleven a través de aquellos paisajes desérticos, únicamente alterado por un pequeño camino marcado, como si fuese una senda hacia el infierno.

Gargantas de tierra, secos y ancianos árboles se lanzan a mis costados mientras voy aumentando las revoluciones de aquella máquina. Subo marchas y retuerzo el puño hasta llegar al límite. Nada me importa, únicamente la placentera sensación de adrenalina recorriendo mis venas es lo que me permite tocar con los dedos la realidad que me rodea. Las curvas y rectas son comida bajo mis pies hasta que percibo que el combustible muere y la velocidad comienza a disminuir. Un minuto después me encuentro “tirado” en la cuneta de una abrasadora y abandonada pista. Al menos me queda poco para llegar. Tiro el casco junto a la moto y saco de mi bolsillo aquella flor marchita. El sendero empinado que se reverencia ante mí muestra elegantemente el duro trayecto que tendré que recorrer si deseo conseguir mi objetivo. Observo el reloj y calculo que me quedan dos horas de luz. Debo darme prisa.

Escarpadas rampas y piedra suelta son mi compañía, lo que provoca que todo sea más duro y complicado. La sed toca a mi puerta y respondo con una sonrisa. No me queda mucho y voy a dejarme la piel en ello. Mientras que sigo adelantando metros y metros, voy pensando en lo poderoso de la mente, de la locura que estaba cometiendo, sin embargo para mí era tan natural que ni me molesto en preocuparme. Lo que sí me agobia es lo que restaba de tiempo antes de que el Sol cayera por el horizonte.

Prácticamente tambaleándome, abordo el último tramo de subida, la cima me espera y a mi espalda la noche avisa. El polvo parece oponerse a mí en medio de remolinos y vaivenes, pero nada ni nadie sería capaz de detenerme.

Me apoyo en una roca desdibujada por la erosión para impulsarme algo más y logro acceder a ese pequeño llano donde la cima descansa. Sólo unos metros más y llego a ese balcón natural. El Sol está siendo engullido por la inmensidad de la Tierra. “Ya llego”, pensé. Parece que me estaba esperando la brisa porque me calma con su roce. Saco la flor con apenas segundos de sobra antes de que la noche me cubriera, extiendo la mano al vacío en el lugar exacto, a la hora señalada, en el día perfecto, nuestro día, cuando nos conocimos y cuando me dejaste. Te prometí que volvería cada año a este lugar. Hoy, una vez más me hallo aquí para compartir contigo este momento. Sé que estás ahí arriba y sueño que desde aquí, te siento en mí. “Te echo de menos…”.

 

Y cuando las estrellas parpadeaban en el firmamento, el Sol moría en la profundidad y la brisa me saludaba, las pequeñas hojas de aquella flor iniciaron su viaje desde la palma de mi mano. Al son de mis deseos, el airecillo los rodeó, elevándolos hasta perderse en la oscuridad, hacia donde mi mirada los escoltó en dirección a las estrellas; estrellas donde se que estás y donde algún día permaneceré a tu lado…

 

Algún día me reuniré contigo…y ya falta menos…

 

 



 

David Campos Sacedón