MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Vino y Rosas

 

Vino y Rosas

 

Las fachadas de cada edificio me protegen, el suave aroma característico de la ciudad hace que cada elemento de mi entorno cobre vida propia, incluso el vapor saliente de aperturas subterráneas le dan ese tono especial a mi pasear nocturno…

 

Música desdibujada del cabaret más cercano, risas de tres chicas corriendo por la acera, coches de caballos y vehículos clásicos se entremezclaban delante de mí ante lo que se presentaba como mi ciudad hacía casi un centenar de años. Lo confieso, creo que debería haber nacido en esta época y parecía que se me daba la oportunidad.

Ante ese pensamiento no lo dudo y busco las ventanas de ese club de baile para ver mi reflejo, a lo que no puedo quedarme más sorprendido, ya que iba vestido con un traje clásico muy elegante acompañado de unos impecables zapatos, perfectamente pulidos. Mientras disfruto de aquella visión, un haz de perfume indescriptible acaricia mi nariz, me giro y una sombra femenina se aleja accediendo al interior del cabaret, no sin antes dedicarme una mirada que aún tengo clavada en mi interior. Sin ninguna explicación concreta decido seguirla, es como si ya hubiera vivido ese momento, “¿sería un sueño?”, me pregunte a mí mismo, aunque antes de obtener mi propia respuesta ya me encontraba empujando la puerta tras ella.

Fue dar el primer paso dentro de aquel lugar y que todos mis sentidos elevasen su sensibilidad a la máxima expresión. Una fusión de blues y jazz mostraban el resto del entorno, colores característicos, trajes y vestidos elegantes, plumas y alcohol, ajetreo de camareros y bailarinas; un caos ordenado. Como casi siempre en mi vida, paso prácticamente desapercibido ante los ojos del resto y de repente, mientras me quedo embobado con aquella escena, las luces se apagan ante voces de asombro y aplausos. Un foco, una sombra, un aroma. Ella. Al final mis ojos se adaptan a la tenue luz que baña el escenario y me siento solo en una pequeña mesa apartada, donde sin pedirlo, una camarera me sirve vino y una sonrisa…

No sé por qué, pero mi corazón se pone nervioso y mi piel le tiene envidia cuando vislumbro aquella esbelta figura de espaldas sobre el escenario, con ese vestido escarlata, maravillosos zapatos y guantes de seda, resaltada con ese haz de luz de luna. Me olvido de todo cuando comienzo a escuchar esa tierna y cálida voz, como si cada letra que surge de su garganta me arropase en una noche de invierno. A cámara lenta se gira y por fin observo esa cara de ángel, labios rojos carmín, pestañas infinitas y ojos negros como la noche. Estoy hipnotizado por cada gesto, por cada letra, por cada parpadear, por todo lo que desprenda ella. No tengo explicación alguna a mi nerviosismo porque no la conozco, ella no sabe que existo, soy uno más entre aquella oculta multitud, sin embargo, como siempre, me he dejado llevar por mi corazón y allí estoy sin ningún motivo, sin ningún por qué. Por instantes pareciese que me dedicase alguna mirada o puede que sean mis ganas. La verdad no lo sé, pero prefiero soñar, de hecho, mi mente hace que me imagine con ella a solas, paseando y mirándonos agarrados de la mano.

Cuando su actuación acaba entre el estruendo de palmadas y silbidos, se despide con una inmensa sonrisa y a mí se me acelera el alma cuando pienso que todo es producto de mis ganas pero no será el resultado de mi destino. Ella desciende del escenario y se dirige mesa por mesa agradeciendo las muestras de cariño. Yo soy el último y mi sangre se altera por creer que la tendré únicamente unos segundos. “El amor a primera vista existe…” murmura mi corazón cuando prácticamente está a un metro de mí. El miedo me atenaza y no sé cómo reaccionar porque tiene “algo” especial, mi sexto sentido me lo dice y no quiero dejarla ir. Tengo miedo, mucho miedo. Me da las gracias y se aleja de mí mientras mi angustia me toma preso, aunque consigo desprenderme de esos malditos recuerdos y salgo tras ella sin dudarlo.

Salimos a la calle y todo parece desierto, todo se va difuminando…”¿¡qué ocurre?!", me pregunto. Ella sigue andando, alargo mi brazo y rozo con la punta de mis dedos los suyos para hacerla parar, dándose media vuelta casi de inmediato. Su perfume envuelve la situación y su cara me deja sin aliento. Justo cuando voy a decirle lo que tengo dentro, ella posa su índice en mis labios y con la otra mano roza mi mejilla, “sí, esto es un sueño y quiero mostrarte que no debes cambiar, que debes seguir así, guiándote por tu corazón y sintiéndote orgulloso de tus sentimientos…”, generando que mis lágrimas y melancolía hagan acto de presencia. “No llores, sonríe, no desistas, lucha, sé tú mismo” me susurra al oído. La tristeza que pesa en mis hombros es infinita; “no quiero despertar, quiero quedarme aquí contigo…” le suplico entre balbuceos. Ella me abraza y justo cuando va a besarme, escucho, “despierta, despierta…tus sueños se harán realidad, confía en mí…”…

 

 

…hasta que irreconocibles sonidos se van reordenando poco a poco y me traen de nuevo a la actualidad. Soy consciente de dónde me encuentro y percibo que mis ojos están húmedos. Los seco y miro al frente, justo en el escaparate de una tienda de ropa clásica y logro discernir mi semblante. Respiro hondo y cuando decido seguir mi paseo una foto colgada del escaparate llama mi atención. En ella puedo ver una pareja de ancianos vestidos de época en la que ella sella los labios de él con un beso. A pie de esa instantánea se puede leer:

“Te quiero como el primer día. Gracias por creer en lo imposible, por luchar por este sueño”.









 

David Campos Sacedón