MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Cero


Cero

 
http://www.youtube.com/watch?v=Z6LAy_F2nlI

Apenas unos tibios rayos de sol cruzan por mi ventana cerrada. La penumbra es la dueña de aquel pequeño espacio y la brisa suena en el exterior, acompañada de ligeras gotas de lluvia invernal.

Hago lo de siempre a esas horas, preparo mi mochila donde llevo algo de comida y ropa para cambiarme. Sin apenas tiempo para mucho más, bajo las escaleras y salgo a la calle donde el aire frío me recibe sin reverencias, como si el tiempo estuviese cabreado conmigo. Algunas sirenas lejanas me ponen en contacto con el mundo real.  Cubro la cabeza con mi capucha, subo mi bufanda hasta la altura de los pómulos e inicio mi marcha y mientras me dirijo hacia la parada del autobús, hurgo en mis bolsillos para buscar alguna moneda que me quedó del día anterior. La encuentro justo para pagar al conductor y dejarme arrastrar por la inercia del gentío. Las calles pasan y pasan, y sus gentes son como la lluvia caída en el mar, es decir, minúsculos puntos sueltos en la inmensidad de aquella ciudad. Poco a poco el autobús se va vaciando y al azar decido mi destino. Bajo y de nuevo el aire me recibe; aún sigue cabreado. Miro a ambos lados de la calle y todo sigue igual, un día más, de una semana cualquiera, de un mes qué se yo, de un año que no quiero recordar, me dispongo de nuevo a buscar alguna alma caritativa que me de trabajo, de lo que sea, cómo sea, pero algo de trabajo. Por suerte vivo solo y no necesito muchos ingresos. Mi mujer me dejó hace años por un amigo y el paro no me llega para pagarle la pensión mensual que el juez estableció. En el último año apenas se me permitió ver en dos ocasiones a mi hija. Por suerte, en la calle de los Melancólicos, un buen hombre me hace un buen precio por dormir en su hostal.

Inmiscuido en esos pensamientos, vuelvo a recobrar el sentido de la realidad y elijo la calle de la izquierda para probar suerte. La verdad que hay buenas palabras pero poco trabajo, por lo que sigo caminando y me detengo para mirar el cielo y comprobar qué le ocurre. De repente la brisa helada cesa, extiendo mi mano y encima de aquel guante de lana vieja, un copo de nieve hace acto de presencia. Tomo aire una vez más y prosigo mi camino, la nieve se hace cada vez más intensa y provoca que me resguarde debajo de un pequeño portal de la calle Alma. Vuelvo a probar suerte y rebusco en mis bolsillos, un pequeño pañuelo de mi madre, la llave del hostal y un par de monedas más, que por arte de magia aparecen me permiten calentar un poco el estómago. El bar de enfrente será mi siguiente parada y un buen café mi compañero de almuerzo. Me siento en una mesa pegada a uno de los ventanales que da a una de las calles. Me gustan las ventanas, me gusta ver a la gente pasar de un lado a otro. El trajín en aquel bar era incesante y más con aquellas temperaturas, pero la calidez de aquel café hacía aislarme totalmente de toda situación. Escurro hasta la última gota de mi taza, la recojo y la llevo a la barra, donde las miradas se centraban en mi semblante, pero ya estaba acostumbrado. La imagen se valora y yo no contaba con muchos puntos a mi favor en ese aspecto.

Los dedos de los pies empezaban a dolerme, aquellas viejas botas rotas permitían entrar el agua y tenía todo empapado. La nieve estaba haciendo estragos en mí.

 

Sin quererlo y tras preguntar en un par de sitios más, llego a la calle de Santa María, donde está mi casa, aunque en estos momentos ocupada por mi ex – mujer y su actual pareja.

Vuelvo a caer en la tentación y reconozco que lo he hecho varias veces, llamar al telefonillo del piso. Quiero escuchar su voz. El dolor por el frío se agudiza al percibir la melodía que eran para mi sus palabras, pero el corazón sigue dándome calor para no desquebrajarme por completo.

Es curioso, porque parece que aún doliéndome necesito escuchar de vez en cuando esa voz, que durante muchos años me mantuvo muy vivo y ahora sólo danza en recuerdos por mi mente.

Dejo caer mi dedo y mi mirada se centra en la punta de mis pies donde la nieve se acumula por segundos, pero alguna de mis lágrimas perdidas la vence, haciendo pequeños agujeros de colmena. Durante unos minutos desaparezco, como si no estuviese allí, no sentía el frío, ni el cortante aire, incluso hizo que la calle estuviera enmudecida. Tanto es así, que me dejo vencer en el escalón de mi antiguo portal, cruzando mis brazos entre mis rodillas y reposando la cabeza encima de ellos.

Cierro los ojos, todo me da igual…

 

Una luz cegadora crece delante de mí, notas de piano acompañan aquella escena indescriptible. Poco a poco esa imagen va haciéndose más nítida. Me encuentro en un gran valle verde y tranquilo, cálido y con el sol en lo más alto, el cual es el culpable de la cegadora escena. Cataratas de agua pura se vislumbran al fondo, pájaros multicolores se pasean libremente por el cielo azul celeste. El aroma a flores empapa todo el lugar, el ambiente es cálido y agradable. Deslizo la bufanda de mi cuello y la suelto. Necesito sentir aquella embriagadora sensación, abro mis manos y dedos delante de mí, observando que están perfectas, como las manos de un niño. Toco mi rostro y lo percibo suave e imberbe. Una energía sobrehumana se posa en el núcleo de mi interior, como si pudiera correr sin parar durante horas, saltar y alcanzar lo más alto de la montaña más alta que conociese. Ese paisaje maravilloso me tiene asombrado.

Sin dejar de observar a todos lados, me voy tumbado sobre aquella manta de hierba impoluta; era como estar en una cama enorme de plumas. Escudriño el cruzar de aves y pequeñas nubes desdibujadas a la vez que mi olfato se despacha plácidamente con los aromas dulces que flotan alrededor.

 

De repente la luz del sol crece en intensidad, tanto que vuelve a no dejarme ver nada, su intensidad es enorme y provoca que no pueda mantener los ojos abiertos. El paisaje va desapareciendo delante de mí mientras un terrible temblor invade todo mi cuerpo, no se qué ocurre ni dónde estoy realmente. Los temblores siguen y todo mi cuerpo se mueve como un muñeco de trapo balanceándose de un lado a otro. Intento controlarme pero soy incapaz, es como si no tuviese control sobre mí. La oscuridad en la que se convirtió mi visión va tomando forma poco a poco, mis párpados van cediendo  milímetro a milímetro y observo una imagen algo rara. Una luz intermitente que se enciende y se apaga al mismo compás, pero soy incapaz de reconocer nada. Mi cuerpo va recobrando su propia vida y tímidamente comienzo a percibir algunos dolores y molestias procedentes de cada rincón de mi piel. La luz intermitente va tomando forma a la vez que voy a abriendo cada vez más mis ojos. El temblor no cesa y el dolor tampoco, mi oído se percata de algunos chasquidos metálicos, voces lejanas, ruidos inexplicables. Todo parece un sueño, no se qué ocurre, ya no sé si aquel paisaje era real o no, si mi paseo por las calles de la ciudad sucedió realmente .La verdad estoy desconcertado aunque mis temores no los vea por ningún lado. Supongo que será la costumbre.

Mi cuerpo sigue su viaje tembloroso y mis ojos consiguen centrarse. Ahora me doy cuenta de que esa luz intermitente no es otra cosa que las luces continuadas en el techo blanco de un pasillo. Léntamente giro la cabeza, observo varias manos a mis lados y una pequeña brisa choca contra mi rostro siendo consciente de lo que sucede a mi alrededor. Desconocidos vestidos de blanco corren a mis lados, y de ahí provienen esas voces. No me hablaban a mí, aunque sinceramente no distingo lo que dicen y eso que lo hacen con energía. Sus rostros están congestionados por algo, no entiendo nada; el dolor va haciéndose más patente, sobre todo en mi brazo derecho, el cual puedo levantar apenas para observar que del mismo salen varios tubos transparentes como si naciesen de mi interior, pero en apenas unos segundos una de aquellas manos que me acompañan me sujeta para volver a posar mi brazo.

Aprieto fuerte mis párpados para sacudirme ese aturdimiento, cada segundo que transcurre soy más consciente de los temblores, de las voces, de los ruidos, aquellos destellos. De repente el pasar intermitente de las luces se para y noto como una de ellas crece en intensidad. Me despojan de la ropa y percibo la fría sensación del metal en mi espalda. Ahora reconozco dónde me encuentro; es la sala de un quirófano, agujas por doquier invaden mi piel, tubos por mis brazos y nariz, cables que rodean mis dedos y mi cabeza, monitores con datos electrónicos. Parecía otro mundo. Multitud de personas cruzan por delante de mí, alguna de ellas posa su mano en mi frente y me habla, a pesar de no reconocer nada de lo que me dice. Es como si lo hiciese en cámara lenta y con la melodía de piano que escuche en aquel maravilloso paisaje, de fondo. Como si todo el mundo estuviese muy nervioso pero a mí no me afectase.

Me encuentro de nuevo muy a gusto, los dolores han desparecido, aunque también la capacidad de controlar mi cuerpo, únicamente mis ojos obedecen a mis deseos, pero empiezan a ceder también. En medio de aquel aturdimiento puedo observar que al fondo de aquella fría habitación hay una pequeña ventana redonda en la que reconozco un rostro familiar. Saco de mi interior una fuerza indescriptible y vuelvo a cerrar y abrir los ojos para asegurarme de lo que veo. Y sí, es ella, no hay duda. Siento que está triste, sus mejillas están bañadas en lágrimas y con gesto contraído. Yo intento sonreír para calmarla, pero mis labios no responden a mi voluntad, como si mi cuerpo se estuviese revelando contra mí. Perdía el control. Sólo me queda cierta capacidad sobre mis ojos, pero con ellos me basta. Quiero mirarla y llevarme su recuerdo y la verdad, que el no ser capaz de mostrar una sonrisa me mata. No deseo que sufra.

Temblores brutales sacuden lo que parece ser el resto de mi cuerpo, no sé si dolorosos o no. Varias manos se colocan por encima de mi pecho, cables y aparatos me rodean y los temblores se van repitiendo cada vez más y de forma más rítmica. Seguidamente mi oído deja de obedecer y ya soy incapaz de distinguir aquellas sensaciones de la sala, aún así, puedo ver que sus movimientos son cada vez más rápidos y bruscos, los temblores siguen y mi cuerpo golpea aquella mesa sin intuir tan siquiera el tacto de la misma. No puedo creerlo pero cada vez más mi voluntad va olvidándome. Uno de mis párpados va desfalleciendo, impidiéndome ver por ese ojo y se que el otro no tardará en seguir su camino ya a pesar de todo ello, vuelvo a intentar buscar esa pequeña ventanita al fondo y reconocer que ella sigue allí. Heróicamente el ojo cumple con mi último deseo, como el soldado que se lanza a cuerpo descubierto sobre las tropas enemigas. Al final, también cede.

 

Ahora mi cuerpo descansa plácidamente. Vuelvo a estar en medio de aquel paisaje virginal. El recuerdo de ella es lo que me he traído de equipaje. Aromas, sensaciones y sonidos fascinantes son mis compañeros ahora. Estoy tumbado de nuevo en un mar verde y suave, me incorporo como si llevase horas descansando e intento desperezarme. Vuelvo a escudriñar cada uno de los rincones del lugar que me rodea. No se por qué, pero estoy feliz y tranquilo aquí.

En medio de dichas sensaciones centro mi visión en un pequeño punto negro que parece moverse. Parpadeo rápidamente para cerciorarme de que mis ojos no me engañan. Ese pequeño bulto va creciendo a la vez que se acerca y va cogiendo forma. Inicio pequeños pasos hacia lo que estoy viendo, casi de forma involuntaria y cada paso que doy todo cobra más sentido, mis pupilas se van dilatando, mi piel erizando. Mi asombro y alegría luchaban por ganarse mi mente. Está claro que todo esto no es real, pero no lo sé, no sé qué está ocurriendo, cierro los ojos durante unos segundos, pero no desisto de caminar hacia delante. Parece increíble, pero sin ver nada, el resto de mis sentidos van dándome señales de lo que tengo a unos pocos pasos. Hago un esfuerzo sin abrirlos, un momento más, hasta que me dejo llevar y los vuelvo a abrir para asegurarme de lo que estoy viendo. Y allí, a pocos centímetros de mí se encuentra ella, sonriente, plácida y acompañada del vaivén de su pelo por la brisa que corre. Verdaderamente no puedo decir dónde me encuentro, qué hago aquí, pero me da igual, no quiero que esto se acabe, sea lo que sea, quiero quedarme aquí con ella en medio de este tranquilo paraíso. Mis dolores, angustias y temores han desaparecido donde los malos recuerdos no existen y es como si todo volviese a empezar de cero. Tengo una segunda oportunidad y quiero ser feliz.

 

Y en medio de ese lugar nos fundimos en un abrazo, sonriendo a la vez que nos besamos. Y la luz creció y creció hasta hacerse infinita dentro de mí…esa luz que es ella y que cuidaré para que nunca se apague….




 

 



"Y quiero que todo vuelva a empezar, que todo vuelva a girar, que todo venga de cero..."


 

David Campos Sacedón