MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Invencible

Invencible

 

Olor a madera y carne quemada me despiertan en medio del infierno. La mente comienza a desconectar del aturdimiento para tomar conciencia de la realidad. Mi corazón bombea con algo más de energía para superar el filo del abismo. Un suave relincho de mi caballo me guía una vez más.

Como a cámara lenta, mi caballo Lázaro me acaricia con el morro, observándome con cariño. En mitad del fragor de la batalla recuerdo el cinturón familiar que preside mi pecho, el mandoble que aún recorre mi columna y los guantes de mi abuelo aferrándose a mis nudillos. Miro alrededor y percibo confusamente chillidos, golpes metálicos y silbidos. Sacando energía de no se dónde me abrazo al cuello de mi alma gemela, el cual tirita de alegría al verme a su lado de nuevo. Lo puedo ver en el brillo de sus ojos que no dejan de clavar sus negras pupilas en mí. Fiel amigo, incansable defensor de mis pasos, batallas y noches perdidas. El pobre sangra de un costado, pero parece decirme que como yo, está dispuesto a todo. Es como si entendiera cada uno de mis gestos, como si ambos nos preparásemos para el último viaje.

Monto en sus lomos y conectamos, somos ahora un único ser. Lázaro clava sus patas traseras, llevando las delanteras a una altura jamás vista, congestionando sus músculos al máximo, mostrando su poderío y a la vez elevando su morro hacia el cielo. Prácticamente antes de apoyarse de nuevo nos ponemos en marcha al galope a través del polvo y las llamas. Pronto dejamos atrás el dolor angustioso y una suave brisa mece nuestros cabellos al mismo son, el parpadear es al unísono, incluso nuestras mandíbulas se contraen simultáneamente. Lázaro no cede a nada y sigue empujando con fuerza; suelto una de las riendas para agarrar mi mandoble que deslizo por mi espalda mientras me concentro en mi objetivo. Ese jinete oscuro que parece destacar entre el resto no tiene piedad con nada y sigue golpeando  a un lado y a otro, sin importarle nada. Tanto para Lázaro como para mí, lo que nos rodea parece difuminarse haciendo que ese caballero centre toda nuestra conciencia. Casi tengo totalmente fuera el filo de mi espada y el otro jinete ya se gira esperándonos con una sonrisa maquiavélica e impasible. Hasta su caballo parece surgir de las entrañas de la oscuridad, con esas manchas oscuras de sangre provenientes de sus víctimas. Parece mentira, pero faltando un puñado de metros para el encuentro, Lázaro aprieta un poco más, hundiendo sus patas en la tierra y acelerando el paso para aumentar la fuerza del golpe. Mi mano izquierda se aferra a las riendas y la derecha ya carga en el cielo para golpear donde más duele. El oponente ya acelera hacia nuestro encuentro sin piedad y carga con ambas manos su pesada espada de guerra, mordisqueada tras destrozar carne y hueso. Apenas un instante previo al desenlace, Lázaro relincha, mis piernas se contraen contra su cuerpo como nunca, soltando mi mano izquierda de las riendas y haciendo que mi fiel amigo entienda perfectamente lo que deseo. Inclino mi pecho ligeramente hacia delante y Lázaro concentra sus fuerzas para en el último paso elevarse en un largo salto hacia la sombra que ya nos alcanza. Esa pequeña altura nos da ventaja y desde ahí agarro mi mandoble con ambas manos, descargando toda mi fuerza sobre la cabeza de la infernal figura. Éste se queda corto y desliza sus malas intenciones hacia el cuello de Lázaro. El miedo invade mis sentidos, sabiendo lo que le puede ocurrir a mi caballo, pero él no cede y parece hacerlo con la intención de protegerme hasta las últimas consecuencias. La mezcla de pavor y rabia se enganchan a mis músculos, transmitiéndolo hacia el golpe que le sesto con rabia a la cabeza del despreciable enemigo.

Un segundo después estamos cayendo al suelo ambos caballeros, envueltos en una nube de polvo y caos. Antes de impactar contra el suelo mi desgana se apodera de mi ser y suelto la espada en el aire. No quiero girarme, no puedo, sólo deseo que sea una mala pesadilla y despierte entre sudores, pero lo hago y entiendo que todo es real. Mi golpe ha destrozado a ese ser despreciable, pero Lázaro no se mueve y me mira desde el suelo entre ligeros espamos. Mi alma gemela, mi mejor amigo, el que nunca me falla y ha dado la vida por mí, reposa a escasos centímetros en ese campo olvidado y perdido. Me arrodillo abatido a su lado antes de que sus párpados cubran sus brillantes ojos, que resisten cerrarse antes de despedirse de mí. Mi dolor y lágrimas se funden en un abrazo infinito…

Y hoy años después de aquello, vuelvo a pasear por aquelllas tierras en nuestro último viaje juntos. Hoy tierra de flores, antaño tierra de sangre, cubren la nostalgia de los días que han pasado sin ti querido amigo. No estás ya a mi lado, pero tu alma me guía día a día.






 

 

David Campos Sacedón