MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Mi pequeño Paraíso



Mi pequeño Paraíso

 

 

Las vueltas de aquella cucharilla removiendo ese vaso lleno de leche parecía hipnotizarme. Apenas era consciente de lo que me rodeaba y me dejé llevar por ese movimiento circular y del vaho que desprendía.

Como con miedo a mirar alrededor, lentamente levanté la cabeza cerrando los ojos y un destello de nostalgia y alegría invadió mi cuerpo cuando ví unos muros de piedra vieja, irregulares y de color pardo. Una bocanada de aire caliente proveniente de mi lado derecho me arropó. Me giré hacia ese lugar y pude observar las maderas viejas que formaban una preciosa chimenea, de color acre, donde las llamas bailaban a un son tranquilizador, lo que me calmó aún más. No se cómo ni por qué, pero a la vez de impregnarme del entorno y esa calidez, algo acarició mi cara. No me sorprendió ni me asustó sino todo lo contrario, me cuidaba como una almohada. Una sensación maravillosa viajó por mi piel al apoyar mis labios en el vaso mientras la leche caliente hacía acto de presencia en mi boca.

Apreté mis párpados aún más como si quisiera sellar para siempre los ojos. De forma difusa escuchaba voces lejanas de mis hijos jugando, risas y hasta el sonido de la madera cuando corrían por los pasillos de la casa. Esos sonidos hicieron que mi garganta y ojos se conectaran para intentar detener la emoción.

Las fuerzas comenzaron a fallarme y la presión sobre mis párpados se fue haciendo más liviana conforme transcurrían los segundos. Las lágrimas no me ayudaban y el tiempo que pasaba hizo que cada detalle comenzara a desaparecer, como una gota de agua en el desierto…

La mano mantenía aún mi cara, pero las llamas de la chimenea fueron apagándose, las maderas que la formaban se desquebrajaron hasta quedar en nada, los muros de piedra perdieron su forma poco a poco hasta reducirse en un suspiro, y lo peor, las voces lejanas de mis hijos se transformaron en sonidos rutinarios de la ciudad.

Los primeros hilos de luz fueron penetrando entre mis párpados y la realidad hizo acto de presencia. La desgana competía con mi razón mientras observaba el vaso vacío, aunque la mano apoyada en mi cara seguía sujetándome. No había chimenea ni muros, sino un pequeño soportal frío rellenado de cartones y despojos de ropa. Fuí abriendo fatigósamente los ojos y en ese momento un chico y una chica de no avanzada edad, se arrodillaron frente a mí con una medio sonrisa o intento de ella. Dejaron de acariciar mi cara, me cubrieron con una delicada manta y dejaron a mi lado una pequeña bolsa con galletas y leche. Una noche más, durante unos minutos, ellos me permitieron recordar y soñar con mi pasado, con mi casa e hijos, con la calidez de nuestra chimenea y el sonido de la felicidad familiar.

Justo antes de que la mano de uno de ellos dejara mi rostro, alargué mis dedos para llamar su atención, conseguí que se giraran hacia mí y les dije…”espero que me dejéis seguir soñando mañana un poquito más, porque queda poco para que mis hijos entren al salón y nos quedemos durmiendo juntos mientras las llamas de nuestro fogón se apagan…”.

 

 


 

 

 

 

David Campos Sacedón