MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

El Pacto Secreto

El Pacto Secreto

Entro en mi habitación, a tientas busco el lateral de la cama para poder protegerme rápido dentro de ella. De la oscuridad, el tormento, las lágrimas, los suspiros, el llanto y la soledad, paso a la luz en cuestión de segundos. Ya conocía cómo funcionaba, pero a pesar de saberlo, no podía dejar de hacerlo. Era la manera en la que me encontraba feliz, de escaparme y revivir lo que tuve la suerte de sentir.

Me tapo con la manta completamente y todo se disipa con lentitud.

Comienza de nuevo…

Allí estaba una vez más en aquella vieja estación. Era lo acordado tiempo atrás, tanto que ya no recordaba cuándo. Necesitaba siempre unos segundos para sacudirme la sensación que traía conmigo, sin embargo el hecho de pensar que volvía a ese lugar me empujaba adelante.

Estaba nervioso. Curiosamente ese sentimiento nunca cambió a pesar de las innumerables ocasiones que lo vivencié con anterioridad. Las manos me temblaban un poco, los primeros indicios de sudor hacían acto de presencia y el corazón comenzó a danzar enérgico. Ese día aparecí en el andén de la estación, apenas rodeado de una abuela sentada, una madre y su hijo pequeño cogidos de la mano y el ferroviario ajustando algún mecanismo de las vías. Observé el gran reloj blanco colgado de la cubierta y marcaba casi las cinco de la tarde, “qué rápido pasa el tiempo aquí…”, me dije a mi mismo. De repente, inmiscuido en esos pensamientos, el sonido lejano de la sirena del tren aterrizó en mis oídos. Me aproximé al límite del apeadero y conseguí ver de lejos el foco principal de la locomotora, la cual a aminoraba la velocidad para entrar en la terminal, aprovechando esos segundos que aún tenía para sacudirme los nervios por lo que iba a ocurrir. La máquina, ya delante de mí, se detuvo con su soplido característico, era como si con ese sonido se iniciara todo.

Giré mi mirada a un lado y otro, todo estaba desierto, nada parecía moverse hasta que una de las puertas de uno de los vagones se accionó, separándose las dos hojas de las que estaba formada y dejando deslizar un corto escalón. El temblor de mis manos iba en aumento, un nudo en mi garganta y estómago casi ni me dejaba respirar, los ojos se me cargaban como piedras y los nervios acotaban toda mi piel. Justo en ese mismo instante una descarga de energía surgió de mi interior cuando distinguí casi a cámara lenta, que Ella descendía y ya me miraba, con esos ojos brillantes, con el bailar de su flequillo, con esa tierna sonrisa que me cuidaba tanto. Cuando estaba de pie a sólo unos metros de mí, de sus labios se podía entender, “hola cielo, aquí estamos como pactamos; no te preocupes por nada, ya estoy contigo”. Quería correr a abrazarla, sin embargo por algún motivo no era posible, estaba clavado como un árbol con raíces infinitas. Fue Ella quien se acercó, me acarició y secó mis lágrimas, fue Ella la que me arropaba, la que me abrazaba y mimaba con cada detalle. Ya no aguanté más y me derrumbé en sus brazos, me agarré a Ella como nunca antes y sentía que hasta mi alma se tambaleaba, caía. La apreté fuerte, muy fuerte y conseguí balbucear, “no quiero despertar esta vez por favor, llévame contigo, no te vayas más!”. Me acarició la cara y susurró, “nunca me aparto de ti, y aquí vendré cada noche como pactamos; no llores cariño, no llores que esto contigo…”.

Odiaba despertar de nuevo, en el interior sabía que todo era un sueño, el sueño donde cada anochecer me reunía con Ella y nuestros recuerdos, donde me cuidaba y hacía que no me sintiera solo…solo desde el día que desapareció.

Abrí los ojos y la oscuridad me atrapaba, la manta me rozaba cada centímetro de mi piel, dándome a entender que ya había regresado a la realidad. Desde ese momento comenzaba de nuevo mi cuenta atrás, desprendiéndose de mi interior los segundos para volver a verla…





 




David Campos