MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Un barco a Venus



Un barco a Venus
 

 

El sonido de las ramas de algunos árboles y tu respirar son patentes en el silencio de la noche. Las gotas de la lluvia recorren tu cara y notas el cosquilleo de éstas al saltar tu nariz y barbilla, pero todo te da igual…únicamente quieres desaparecer…

Una noche más te metes en la cama, no es muy tarde, tu reloj marca la 1.03 de la madrugada. A oscuras,  el tacto de tus sábanas  te hacen sentir bien, te alivian, te acogen. Entre sonrisas invisibles, tus lágrimas viajan por la cara a la vez tu mente se deja llevar por aquellos maravillosos recuerdos, que son sólo eso, recuerdos. Sin embargo tus ojos se cierran, la noche te lleva con ella. 

Apareces en la boca del metro, subes las escaleras y observas a tu alrededor para analizar lo maravilloso de la ciudad, la gente de un lado a otro, las fachadas bañadas por el Sol, el olor a barquillo y chocolate. Cruzas la plaza del centro cuando sin saber por qué, algo te para de repente; alguien te ha sujetado para que no pasaras mientras un coche cruzaba a toda velocidad por ese mismo lugar. Al girarte te das cuenta de que era una mujer de avanzada edad la que te sujetaba del brazo. Te percataste de la situación y al volverte hacia ella para agradecer el detalle, te fijas que entre sus manos acartonadas y una sonrisa maltrecha, su mirada es cálida y suave. La anciana te sonreía mientras tú le devolvías el gesto con la misma moneda, hasta que ella se alejó lentamente. Proseguiste tu camino, tranquilo, sin prisas, sin miedos, sólo querías disfrutar de un paseo por las callejuelas de tu ciudad. La soledad y tú ibais de la mano, como una pareja de novios que camina entre sonrisas, dedicándose todo el tiempo para ellos. Tu viaje sin querer se para en los enamorados que se regalan besos y abrazos; y sonreías…¿te veías reflejado en ellos, verdad?. Tu paseo seguía, el sonido de los extractores del metro, el organillo del chulapo y el guitarrista callejero se mezclaban en el ambiente. Ya habían colocado los parasoles entre los edificios para evitar los rayos solares directos, y eso se agradecía. Al mismo tiempo que continuabas el paso, hurgaste por una moneda y te acercaste al “puestecito” que hace esquina en esa calle. Querías algo dulce y los gofres te encantaban; eso hiciste, comprar uno. “Muchas gracias…” contestaste, mientras te volvías y sonreías. Qué bien, aún tenías ese gesto de felicidad. De pronto, en medio del lugar entre tanta gente, te detuviste porque no descifrabas hacia dónde caminar ahora, y mientras rebuscabas con la mirada un destino imprevisto, la vida se detuvo, las fuerzas te flaqueaban. Sí, otra vez tus pensamientos se enfrentaban a tí y  hacían ver que te encontrabas solo, que intentabas gozar de ese paseo pero te hallabas vacío. La gente cruzaba a tu lado como el agua que corre sin parar por encima de una piedra en el fondo de un río. Tu “yo” irónico resurgió entre las cenizas e hizo un guiño de alegría a esa funesta reflexión, susurrándote, “bueno, no estoy solo, estamos mi soledad y yo ahora, dejadnos un rato, pretendemos estar tranquilos…”. Te dirigiste por el mismo recorrido por el que avanzaste en dirección a la entrada del suburbano. En ese trayecto de vuelta, echabas de menos a tus amigos, esos que tantas veces habían vagado por ese mismo lugar a tu vera, los añoras tanto que incluso te cuesta mantener una expresión relajada. Es emocionante evocarlos ¿no?, siempre te acompañaban sin excusas.

Descendiendo los escalones de la estación, las alusiones de alguna pillería con ellos te hicieron soltar un breve murmullo de risa…

Antes de acceder al vagón, todo se volvió oscuridad y apareciste de nuevo en tu dormitorio, entre las sábanas, hasta percatarte que habías estado soñando. El despertador marcaba las 3.47 de la madrugada. De fondo sentías las gotas de la lluvia que aún no cesaba; no era intensa aunque se dejaba notar. Sin saber por qué, te pusiste en pie y fuiste hacia el balcón, abriste la puerta para tomar contacto con el exterior.

Con los ojos cerrados te adentraste en la lluvia para volver a experimentar el rocío del agua recorriendo tu cara, tener de nuevo la noción de vida y sentir que habrá más oportunidades…

 

 




David Campos Sacedón