MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

Contigo



CONTIGO

http://www.youtube.com/watch?v=BQaMEpj-SL4

 

Paseaba mirando la punta de mis zapatos, pisando cada uno de los charcos que me iba encontrando. Todo daba igual. Esos pantalones los había odiado toda mi vida, pero ahora me sentía seguro con ellos. Mi camisa la llevaba por fuera para que no se viese el cinturón de mi pantalón. Camisa a cuadros, colores de otoño y un viejo reloj que marcaba la hora a destiempo. Subí mi mirada hacia mi mano derecha, la cual se apoyaba en un bonito bastón, mi piel cuarteada me recordaba que me quedaba poco, que mis días llegaban a su fín.

Miré al frente y los árboles se mecían al son de la brisa de aquel atardecer y me dirigí como pude a la entrada de aquella vieja estación de tren. Mis pasos indicaban que ya no era un muchacho, pero el corazón volvía a latir como antaño cuando solía ir a recogerla, aquellos años en los que miraba por el retrovisor de mi viejo coche para ver cuándo se acercaba, para disfrutar de una pequeña escapada. Recuerdo perfectamente que siempre se aproximaba sonriendo con esos ojos azules brillantes. Era maravillosa.

Quedaba poco para llegar y aunque mis piernas me pedían descansar, saque energía como siempre para no desistir. Mi mente seguía bailando al son de los recuerdos y aproveche esos minutos previos para sacar de mi bolsillo aquella carta tan especial. Era una carta que nos escribimos ella y yo hacía ya 45 años, sí, 45 años…y yo prometí que volvería a aquel lugar tras todo ese tiempo si seguía sintiendo lo mismo, si a pesar de mi edad me atrevería a regresar al inicio de aquella historia. Supuse que ella no vendría porque la vida la llevó, desde que recuerdo, por otro lado (como yo ya le dije en su día), pero yo era así siempre y así moriría en poco tiempo.

Todo había cambiado mucho, el entorno no era como yo lo recordaba. Mire de nuevo mi reloj y ya marcaba la hora exacta. Me senté en un solitario banco de madera enfrente de la puerta de la estación, no tenía nada que hacer ni perder. Los minutos pasaban y la gente entraba y salía sin que nada extraordinario ocurriese. Me levanté de nuevo apoyándome sobre mi bastón; por culpa de esa maldita cadera que me estaba matando. Después de haber estado tanto tiempo sentado me costaba erguirme de nuevo y un dolor recorría mi columna. Era típico, pero tenía que esperar para poder lanzar mis pies adelante. Otro día más que caía en mi calendario y seguía siendo el mismo loco, con sus locuras a pesar de la inmensidad de años que tenía encima. Si mis padres me vieran siendo tan mayor, esperando en una estación a una mujer con la que no hablaba tantos años atrás como si fuese un adolescente, creo que no se lo creerían.

“Si sacas la lengua hacia afuera te será más fácil levantarte…”, alguien me dijo a mi lado. Y sí, era ella, que a pesar de ser mayor, estaba tan guapa como siempre. Se acercó, me ayudó para ponerme totalmente de pie y sin mediar palabra me abrazó tan fuerte que solté el bastón, tan fuerte que parecía que su energía traspasaba mi piel y me convertía en aquel chico joven y vigoroso que llegué a ser. Lo reconozco esa chica, esa mujer me hacía llorar con sólo tenerla cerca. Me agarró fuerte y se despegó de mÍ para mirarme. Oh dios mío, esos ojos no habían cambiado ni su olor a vainilla. Me sentía avergonzado porque era tan mayor que no quería que me viese así, pero ella sonreía y me miraba con ese cariño con el que siempre me mostró cuando venía conmigo y me agarraba por las calles de Madrid. Esa chica tan maravillosa con la que compartí los mejores instantes de amor de mi vida estaba delante de mí, para poder despedirse antes de que la dijera adiós para siempre.

“Hola…¿qué tal…?”, le dije, aunque ella no me contesto y se limitó a sonreírme y a llorar. Yo le sequé las lágrimas y susurré, “no me pega decir esto, pero estás igual de guapa”. Intenté ser gracioso para parar la abrumadora sensación de tristeza y alegría mezclada que había en el aire. “Después de tantos años me doy cuenta que todo pasa demasiado deprisa, aunque en mi caso demasiado lento sin haberte tenido a mi lado…¿has sido feliz?”, a lo que ella me contestó, “sí, lo he sido…pero me alegro tanto de verte aquí. Ya sabes que yo también cumplo mis promesas y aquí estoy. Qué menos para alguien como tú”. Los segundos volvían a volar a su lado y veía que ya no era como en el pasado, sino que todo había cambiado y cada uno tenía que regresar a lo que la vida le había preparado. “Bueno, este momento tan especial me vale para poder seguir hasta el final de lo que me queda…”. Ella se limitó a apretar los labios, idénticamente que cuando era una niña. Me apoyé de nuevo en mi bastón, miré la hora y vi que era el momento de separarnos de nuevo. “Antes de irme, quería decirte que gracias por todo, que las horas que estuve contigo hace tanto tiempo me han hecho posible soñar por las noches con algo que viví de verdad. Te he traído un regalo…”. Ella me miró con esos ojos espectaculares, en los que podía ver que era la de siempre, la misma chica que me miraba en el centro de la ciudad con tanto cariño y bondad. “Te he traído algo que siempre guardé con mucho cariño y que creo que es hora de regresar a su dueña”. Le entregué un pequeño paquete envuelto en un pañuelo, “por favor, no lo abras hasta que  me vaya, porque es para ti…sólo para ti”. Ella lo aceptó y nos despedimos con un fuerte abrazo en el que quise guardar ese aroma de nuevo en mí. Me giré lentamente y comencé a andar. Cuando llevaba unos minutos alejándome giré mi cabeza y vi que aún estaba allí, mirándome y sonriéndome. Ella no consiguió escucharme, pero le dije por última vez, “Te quiero princesa…”.

Cuando la noche tapó mi rastro, ella sola en la estación abrió aquel paquete, rodeado por un pañuelo. Ante su sorpresa unas lágrimas recorrieron sus pómulos una vez más.

Ella volvía a tocar el diario que un día comenzó hace muchos años y que yo había completado hasta esa tarde, en la que nos encontramos por última vez en "nuestra" vieja estación, 45 años después…


 

 

David Campos Sacedón