MIS RELATOS CORTOS
David Campos Sacedón

El Diván



El Diván

 

Un día maravilloso nacía de nuevo. El Sol se colaba entre las colinas para hacer acto de presencia en el salón de casa. Las dulces cortinas se mecían como infantes ángeles gracias a la suave brisa que entraba por las ventanas. Esa sensación me encantaba mientras descansaba sobre mi diván.

Era un día más de aquel verano, en el que como siempre, me despertaba con recuerdos e imágenes del pasado. Volví a plantearme el acierto o no de haber abandonado la ciudad para irme a vivir en medio de la naturaleza alejado de todo, sin embargo, la respuesta se reiteró de nuevo, aplacando cualquier tipo de tensión al respecto.

Me levanté  y preparé algo de café. Ese café emanaba recuerdos del sur y a los momentos que pasé allí. Regresé al diván y me dediqué a contemplar el delicado vaivén de las ramas de los árboles, el peregrinaje de las nubes y el aroma a naturaleza.

Llevaba allí casi dos años y parecía que fuese ayer cuando dejé a un lado la urbe cementosa. Los ahorros de toda una vida de trabajo laborioso, me permitieron disfrutar de otra manera y aunque gran parte de mi entorno no lo comprendía, lo respetaba. Ya sabían cómo era.

Aún me asomaba por la ventana y parecía ver a mi padre paseando por aquellos caminos, rozando con la yema de sus dedos los trigales a la vez que cerraba los ojos para fundirse con el virginal entorno. Él siempre me decía que al final retornaría a esos parajes, no obstante  yo siempre se lo negaba una y otra vez. Finalmente tuvo razón, aunque no llegué a tiempo para admitírselo. 

Mi mente disfrutaba evocando aquellos tiempos.

Puesto en pie, me dirigí hacia la puerta de la estancia, abrí y me senté en los escalones de madera que daban acceso a la casa. Apuré la taza de café y la dejé a un lado. Alcé la mirada contemplando todo lo que me rodeaba y una ligera sonrisa irónica brotó de mi rostro, “Papá tenías razón…esto es increíble”, susurré. Mis pupilas se dirigieron hacia el cielo como esperando una contestación y justo en ese momento el Sol se descubría de nuevo tras unas ligeras nubes e hizo que sus rayos llegaran hasta mi interior, originando que esa tibia sensación de libertad viajara por cada rincón de mi ser.

Volví a bajar la visión, enfoqué los trigales altos que tenía en frente  y me adentré en ellos. Aquellos tallos altos y suaves se presentaban elegantes a mi paso. Mis dedos los iban apartando para dejar paso, siempre pidiendo permiso con dulzura.

Anduve y anduve sin saber cuánto tiempo transcurría, únicamente caminaba  deslizándome entre aromas, entre los destellos solares que se colaban entre los majestuosos brotes que simulaban no tener final. Ese camino lo hice miles de veces tras los pasos de mi padre cuando era pequeño. A él le gustaba pasear y enseñarme la inmensidad de sus cultivos y  tierras.

Mientras pensaba en ello, proseguí adentrándome cerrando los ojos, cediéndome guiar por las escenas que evocaba mi razón. Recuerdo cómo mi padre iba abriéndonos paso y se giraba con una sonrisa en el rostro para buscarme y asegurarse de que le acompañaba cerca. A veces cuando no me percataba, él echaba a correr y justo emergía   tras de mí cogiéndome por la cintura, elevándome por encima de aquellos dorados trigales y dando giros al son de la brisa veraniega, entre carcajadas y gritos de libertad.

Destapé los ojos de nuevo y esas imágenes se esfumaron para vislumbrar la inmensidad del terreno. Había alcanzado la cima de una pequeña colina, donde estaba un viejo árbol en el que mi padre solía sentarse, según él, porque ahí se encontraba más cerca de mi madre. Me coloqué donde él lo hacía y dejé que el susurrante airecillo rozase mi rostro.

Siempre que estaba allí, era como si formase parte de la tierra, como si las raíces de aquel árbol fuesen las mías, pareciera que su tronco y mi cuerpo vivieran fundidos y si no me equivoco, era debido a que la mayoría de mis recuerdos de infancia permanecían en esos lejanos parajes, donde el olor a tierra y semillas conectaban.

No sé el tiempo que pasé disfrutando entre lágrimas de aquellos recuerdos, pero el Sol se despedía de mí cuando eso sucedió, me concentré aún más  y escuché a lo lejos la voz de mi madre pidiéndome que regresara, que se hacía tarde. No entendí cómo, pero una mano ayudó a erguirme y al desplegar  los párpados, divisé esa cara irrepetible; mi padre, con su sonrisa serena y sus canas bailando al runrún de la brisa. Hipnotizado por la situación, me dejé llevar y paseamos pegados de vuelta al hogar. Justo antes de llegar, mi padre se adelantó para coger de la mano a mi madre, que estaba en la entrada  y cuando llegó a su altura, ambos se volvieron y me sonrieron abrazados. En ese instante pareció que el tiempo se pausara y el Sol no lograse desvanecerse completamente. Un destello de luz brillante y cálida penetró en mí…

Comprendí entonces que un sueño veraniego se apoderó de mi pensamiento en aquel antiguo diván, aunque sinceramente, hubiera deseado no haber despertado jamás y vivir ese sueño eternamente...

"La madera del Diván y mi piel".



 


David Campos Sacedón